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jueves, 13 de noviembre de 2014

Buscadora de tesoros

 Para Leydi
—Abuela, ¿qué haces abriendo un hueco?
—Ven acá. Te voy a contar, pero no puedes decírselo a nadie: en este lugar me encontré, enterrada, una lima* de tres caras. Esas limas se usaron en Cuba en la época de los españoles. Y como esta apareció en posición vertical yo creo que indicaba algo más. ¡Aquí hay un tesoro enterrado! En mi patio…
—Pero, Abuela…
—Estoy segura. Yo sé que la gente señalaba tesoros así. Y voy a encontrarlo.
—Bueno, te ayudo…
Abuela y yo cavamos hasta el cansancio. Cada vez que aparecía alguien en el patio de la casa, la vieja, provista de pico y pala, encontraba la excusa ideal para evitar las sospechas inoportunas. «Porque la gente es mala, y se ríe», decía ella.
Cavamos. Mi hermano, más fuerte que nosotros, se sumó al grupo. Alcanzamos un metro de profundidad sin encontrar nada. Llegamos a dos metros y solo aparecieron restos de una antigua vasija de barro. Mi abuela, desencantada, concluyó:
—Evidentemente alguien llegó antes que nosotros. Y, cualquiera que haya sido, dejó esta lima para despistar en el futuro. Pero aquí hubo un tesoro, en mi patio. Me pude haber hecho rica…




*Lima: Instrumento metálico, con la superficie finamente estriada en uno o en dos sentidos, para desgastar y alisar los metales y otras materias duras.



lunes, 2 de diciembre de 2013

Los sueños de la fortuna


Se corrió una vez por Guaracabuya la voz de que mi abuela tenía sueños premonitorios. La gente murmuraba que Marisel Moya conocía las claves de los azares posibles en los días por venir. Pero no era ella, sino Dios o la providencia astral quienes determinaban el objeto, el tiempo, y el beneficiario de la comunicación.

Por algún tiempo mi abuela fue la intermediaria de la fortuna. Cuando la familia sobrevivía al Período Especial ella desarrolló aquel don inescrutable, como una adaptación a la severidad de los tiempos. En cada sueño una voz divina la instruía: «Tu familia necesita dinero; aquí tienes el número de mañana; sácatelo y ayuda a tus parientes». Los avisos se repetían a menudo, y ella cumplía entonces las indicaciones del Más Allá. En contra de las leyes humanas se volvió frecuente de las casas de juego.

La suerte de la vieja vidente se hizo fama. Cabilla, el colchonero del pueblo, la interpeló un día: 

—Marisel, a mí me dijeron que usted sabe el número que va a salir todos los días… Vengo a pedirle que me venda sus sueños. Le prometo que nada de lo que yo haga la afectará; voy a ir hasta Cabaiguán a jugarme el número de la suerte, lejos de aquí.

—¿¡Cómo le voy a vender mis sueños?! ¡Los sueños son una cosa íntima! —espetó mi abuela.

Hace años Marisel Moya perdió el don de soñar con los números de la bolita. No sabe cómo ni por qué, como tampoco supo nunca el origen de su buenaventura. En los tiempos que corren añora, en vano, la vuelta de la fortuna.

Ni Cabilla, el colchonero, ni nadie más en Guaracabuya han pretendido comprar sus sueños otra vez.   

lunes, 25 de marzo de 2013

Mi abuela y el mar

Para Abel Invernal y Yuris Nórido

Mi abuela tiene más de 70 años y no conoce el mar. Aunque vive en una isla con 5 746 kilómetros de litoral, aunque en Cuba ninguna persona está a más de 40 millas de la costa, aunque la rodea «la maldita circunstancia del agua por todas partes», aunque esta ínsula es un eterno verano, que es decir una playa eterna, ella jamás ha visto el mar.

Mi abuela es un ser mediterráneo. Hasta 1991 vivió en el campo, metida en el monte con escasos conocimientos del mundo que la circundaba. Cuando la Autopista Nacional reclamó su tierra, empacó los bártulos y salió con mi abuelo y sus hijos hacia la ciudad. Entonces prefirió permutar el apartamento que le regalaban en Santa Clara por una casita art déco en Placetas. De esa manera podrían salvar a diario la distancia hasta la tierra que cedían. Sobre todo mi abuelo, que hasta hoy viaja constantemente al «campo» (así, ya por antonomasia) para ordeñar su única vaca.

Pero, ¿por qué mi abuela nunca ha ido al mar? Supongo que demasiada ocupación en las vicisitudes cotidianas, en el hogar, en la cocina, que por ser la misma todos los días nunca lleva a nada nuevo, la alejaron de la costa. Mi abuela se levanta siempre entre las tres y las cuatro de la madrugada (¿vieja costumbre del campo?) y dice que no le alcanza el tiempo para todo lo que tiene que hacer. Supongo que en su vida pasó lo mismo. Una pragmática inconsciente, casi inoculada en las venas, la ha mantenido en el estatismo de todos los días, todas las mismas cosas.

Supongo que mi abuela tiene sueños, imagino incluso que alguna vez haya querido conocer el mar. Supe que en Brasil llevaron a una anciana, antes de morir, a ver el océano. Allá se explica (Brasil es el gigante sudamericano, hay gente que vive en el mismo centro del continente), pero aquí no se entiende.

Le dije: «Abuela, ¿quieres conocer el mar? Yo te llevo». Pero no supo qué responder. Yo quisiera que mi abuela quisiera conocer el mar. Que sus ojos se extraviaran en el límite del firmamento. Que se bañara en las aguas de una playa, al borde de las tierras. O que al final me dijera: «¿Este era el mar? Ya lo sabía, ya lo imaginaba, no me gusta…»

Gracias a la televisión ella tiene la idea de cómo es el océano. Seguro lo asocia con azul, brisa, agua, sal, tormenta, barco. Quizás le teme, como a un monstruo desconocido. Pero carece del conocimiento exacto, de la experiencia vital… Mi abuela pudiera morir sin conocer el mar.

Foto: tomada de internet.