Mostrando entradas con la etiqueta Guaracabuya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guaracabuya. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de abril de 2016

Cuentas claras

Por primera vez después de la publicación de La soledad de la mujer pez, el pasado domingo 24 de abril, visité a Milagros. Hasta eso momento —y hasta hoy— su vida no se había trastocado en ningún show mediático. Milagros permanecía con tranquilidad en su casa, repitiendo la misma rutina de todos los días.

Gracias a la repercusión del reportaje, a mediados de la semana pasada recibió la visita de un oftalmólogo del área de salud de Placetas. Después que el especialista le indicó un tratamiento de antibióticos, le prometió que la atenderían pronto en el Hospital Municipal. Y a Milagros la promesa de un turno médico la hizo tan feliz como si se tratara de una fiesta anhelada toda la vida.

Cuando mi novio y yo llegamos el domingo, en pleno mediodía, Milagros se apresuró a agradecer: «No sé cómo lo hiciste, pero los médicos vinieron a verme y me llevarán al hospital». Milagros disipó toda mi angustia, todos los temores agazapados. «No hice mucho, apenas escribí», le recordé.

A pesar de las advertencias de «Anónimo» hasta hoy el dinero no ha desatado la furia entre los hermanos de Milagros, ni ha alcanzado para que ella viva abandonada en la abundancia, presa de la envidia. Ahora no parece más infeliz que dos semanas atrás. El reportaje no bastó para hundirla en el lodo ni para lanzarme a la fama.

Después de todo, hoy no solo podríamos hablar de remesas, ni podríamos asegurar que la ayuda se ha originado lejos del país en todos los casos. Si bien la mayoría de las personas —desde puntos distantes— ha ofrecido apoyo económico, en la propia Isla varios periodistas apelaron esta semana al deber de las instituciones cubanas encargadas de velar por el bienestar humano. Y aun cuando ninguna forma de asistencia deba menospreciarse, solo el gesto de acudir a los organismos estatales podría mantener a Milagros sin peligro del olvido futuro. El dinero, que resuelve ahora mil necesidades básicas, se agotará mañana. Sin embargo, la inserción en los sistemas cubanos de salud pública y asistencia social deberán perdurar para siempre.

Hace tres días, la periodista habanera Lirians Gordillo compartió en Facebook el acuse de recibo de sendas cartas que envió al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, a la Asamblea Nacional del Poder Popular, al Ministerio de Salud Pública y a la Federación de Mujeres Cubanas. En ese momento escribí en la red social: «En un minuto grato Lirians Gordillo leyó La soledad de la mujer pez en OnCuba. Sin conocer a Milagros, sin conocerme a mí, se fue a todas las instituciones donde pueden —y deben— ayudar. No pidió nada a cambio, no armó ninguna alharaca, no creyó que era la gran heroína por hacer cuanto podía. Es simple: la soledad de otra mujer que no conoce la conmovió. Y Lirians me conmueve a mí. ¡Gracias!»

Otro periodista cubano (que prefiere pasar desapercibido) también aprovechó su cercanía a las instituciones nacionales para dar a conocer el caso de Milagros. «Los ministerios harán su trabajo», me aseguró ayer con optimismo.

Yo, por otra parte, tuve la encomienda de hacerle llegar a Milagros, de la mejor forma posible, $ 137.90 CUC que dos cubanos residentes en los Estados Unidos enviaron a través de las oficinas de la Western Union. Con mi novio recorrí varias tiendas en diferentes ciudades y me empeñé en hallar los artículos que más beneficiarían a Milagros en un primer momento (de acuerdo con su tutor legal Bruno Guerra Vila). Maykel y yo arribamos a Guaracabuya y convocamos a varias vecinas que presenciaron la conversación y la entrega de los artículos de primera necesidad.

Yo preferiría —aclaro sin falso desinterés— mantenerme al margen del dinero enviado a Cuba. No obstante, varios desconocidos confiaron en que emplearía sus remesas con honestidad. Lo prometí y lo prometo. Aunque no me agrade —porque parece que me adelanto con una prueba que implica la sospecha— al final de este texto desgloso el uso del dinero y presento los comprobantes de los artículos adquiridos para Milagros, así como la constancia emitida por las oficinas de la Western Union. Si alguien tuviera (i)legítimas dudas de cuanto aquí aseguro estoy dispuesto a mostrar las fotos que atestiguan la entrega del dinero y los bienes. Pero me resisto a publicar imágenes o grabaciones de sonido que puedan asumirse como intentos del peor reality show. Sin embargo, esas pruebas existen.



Testigos de la visita a Milagros, el domingo 24 de abril:

 

Nidia Montero: directora del centro mixto Enrique Villegas, de Guaracabuya. Militante del Partido Comunista de Cuba, miembro de los Comités de Defensa de la Revolución y de la Federación de Mujeres Cubanas.

Dailí Echevarría: maestra del centro mixto Enrique Villegas. Militante del Partido Comunista de Cuba, miembro de los Comités de Defensa de la Revolución y de la Federación de Mujeres Cubanas.

Caridad Mesa: ama de casa. Miembro de los Comités de Defensa de la Revolución y de la Federación de Mujeres Cubanas.

Los donantes y las cuentas

 

Jovann Silva Delgado envió $ 87.40 CUC a través de la Western Union (comprobante 1), mientras que Yudelsy Fundora Martínez hizo llegar por la misma vía $ 50.50 CUC (comprobante 2). Ambos cubanos residentes en los Estados Unidos me enviaron el dinero a título personal, para que yo hiciera llegar a Milagros, de la mejor forma posible, los recursos materiales que más necesitara.
                          $ 87.40 + $ 50.50 = $ 137.90 CUC

Nota: Al momento de publicar este texto recibí la llamada de Jesús Granados, de Estados Unidos. Jesús envió 100.00 CUC que deberé invertir más adelante en beneficio de Milagros. Daré noticias.


Desglose de los gastos:


Olla multipropósito marca Ideal
$ 47.65 CUC (comprobante 3)
5 jabones y 3 cremas hidratantes
$ 9.30 CUC (comprobante 4)
Varios alimentos, detergente y frazada
$ 7.70 CUC (comprobante 5)
Una sábana camera*
$ 200 CUP** (8,30 CUC)
Monto entregado a Bruno***
$ 55.00 CUC
Transporte hasta Guaracabuya
$ 3.00 CUC
Otros jabones (5) y cremas hidratantes (2)****
$ 6.95 CUC (comprobante 6)
Total general
 $ 137.90 CUC


Aclaraciones:

*La sábana camera se adquirió en la tienda de productos industriales “El Titán” (esquina Céspedes y Marta Abreu, Sagua la Grande), el sábado 23 de abril de 2016.

**Moneda Nacional. El cambio se efectuó según la tasa común 1 CUC igual a 24 CUP.
CUC: Peso cubano convertible.
CUP: Peso cubano.


***Nuestra intención original fue comprar un ventilador, varias toallas y un mosquitero. Sin embargo, decidimos entregar el dinero a Bruno ante la ausencia de esos artículos en las tiendas de Placetas, última escala del viaje. Él prometió adquirirlos para su hermana.


****La compra de estos productos se realizó el miércoles 27 de abril de 2016, después de la visita a Milagros en Guaracabuya. El dinero empleado —sobrante de las compras anteriores— se mantuvo como fondo para satisfacer el deseo de Milagros, después de la obvia consulta con ella. La entrega de las cremas y jabones ocurrirá en un próximo viaje a Guaracabuya.




Comprobantes:

Comprobante 1

Comprobante 2

Comprobante 3

Comprobante 4
Comprobante 5

Comprobante 6

jueves, 21 de abril de 2016

¿Por qué escribo?


Mientras cientos de internautas de todas partes leen, se conmueven y comparten la historia vital de Milagros, Milagros permanece en Guaracabuya, sin alarmas, sin sospechas de lo que viene o puede venir. Mientras viajo entre los puntos esenciales de mi existencia, mientras trabajo, mientras me conecto a internet a duras penas y respondo decenas de mensajes, nuevas personas ofrecen ayuda en todas las gradaciones de lo admirable.

Despejo el maremágnum como puedo. En ese estado artificial de sosiego, indago inevitablemente en las razones que me llevaron un día —y no antes— a escribir una parte de la historia de Milagros Guerra Vila. Cuando yo nací Milagros iba a cumplir 32 años. Entonces tenía una limitada vida social: veía; iba a las fiestas, de noche; usaba pelucas y se maquillaba; era conocida en toda la región de Guaracabuya por su voz agudísima.

Crecí. Milagros aparecía en mi casa de vez en cuando a ver la televisión. Al principio le temía y me escondía. Mi hermano, un día, le preguntó: «Milagrito, ¿tú picas?» Me mudé: no volví a ver a Milagros en años. Crecí. Me mudé. Crecí. Me fui lejos. Milagros perdió a su padre y a su madre. Milagros se quedó ciega y se quedó sola.

La vi otra vez durante el último censo de población y viviendas. Yo la censé, y escribí un post en este blog. Pero entonces no publiqué las fotos que ahora están en todas partes, ni OnCuba catapultó el texto. Entonces Consuelo Vila proveía a Milagros, su única hija. Y ¡zas! se murió.

Más tarde volví al barrio. Milagros ciega tiraba los frijoles sobre la mesa, los reconocía uno a uno, los echaba al caldero, los comía. Y fui a verla aun cuando me advirtieron que me abrazaría, y que me besaría y que, tal vez, lloraría sobre mí. Y escribí.

No me interesó contar la historia de Milagros para librarme de ninguna culpa. No siento ninguna culpa propia. Ni creo que la caridad me llevará a ningún cielo y a ninguna tierra. Escribí porque sentí la necesidad, y el deber. Y pensé que escribir ayudaría a Milagros. A mí no me interesaba llegar con diez dólares hasta ella después de dos meses, porque esa penosa contribución no iba a resolver ni el más pequeño conflicto. Yo quería remover alguna conciencia, pero sobre todo alguna institución. No deseaba, ni deseo, que nadie rompa por gusto la paz de Milagros. No quiero que su vida se trastorne en un show mediático ni que mañana la desgracia de otro titular, de otra imagen, la sustituya. Quiero que ella vuelva a ver, y que aprenda a leer y a escribir, y que tenga la posibilidad de una vida mejor. Y con esa esperanza, envíe mi trabajo a OnCuba. Y OnCuba, con esa misma esperanza —me dijeron—, lo publicó.

Aun cuando hay miles de personas que sufren en todas partes yo escribí, nada más, de Milagros. No conozco a todos los que sufren, aunque las causas sean comunes, aunque haya que atacar las causas y no exponer los casos particulares. Frente al eje dicotómico de escribir/no escribir, actuar/no actuar, elegí las primeras opciones. Así mismo, entre la semejante dicotomía de hacer/no hacer, donar/no donar decenas de personas se han movilizado vía online. Pudieran no haberlo hecho, y lo han hecho, solo ellos saben por qué.

Con mis preguntas «sosas», espontáneas, y literalmente trascritas, llegué hasta donde Milagros me permitió. Quise exponer la paradoja de su existencia: mujer cuerda, esperanzada, medianamente feliz, paradójicamente ciega, alienada y analfabeta.

Si OnCuba no debió publicar el reportaje, si no lo debí enviar a OnCuba, si no debí haber expuesto la vida de Milagros, quiero que otros medios ofrezcan cobertura y terminen por movilizar a las instituciones que deben resolver la tragedia de Milagros. Otros medios y otros periodistas.

Han comenzado a llegar las donaciones y me cuesta comenzar por alguna parte. Está claro que no hace falta alquilar taxis ni pagar una operación de cataratas. Cuba ofrece servicios de salud gratuitos y universales. ¿Por qué Milagros no ha sido beneficiada? ¿Por qué su madre no se ocupó cuando pudo? ¿Por qué las instituciones se olvidaron? No sé.

Una periodista habanera aseguró que no paraba hasta llegar con el texto y las fotos a la Asamblea Nacional, a la Federación de Mujeres Cubanas, al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Devotos de diferentes iglesias quieren, además, conseguir que Milagros «no vuelva a estar tan sola otra vez». Desde Estados Unidos han logrado recaudar hasta ahora 235 dólares que se destinarían a mejorar las condiciones de vida de Milagros. Ya comenzaron a llegar donaciones por la Western Union.

Yo no sé adónde llegarán todas las acciones, y no quiero imaginar que alcancen los efectos contrarios a mis intenciones. Ahora, si las redes sociales capaces de convocar un flasmob, capaces de promover un GoFundMe, capaces de incentivar la subversión, también resuelven una vida —una sola vida— diré que estoy satisfecho, y me iré a casa, y que se olviden de mí.
 

lunes, 18 de abril de 2016

Milagros en todas partes



Nunca imaginé que ningún texto mío llegaría a atraer la atención de tantos lectores. Ni que superaría el límite entre las pantallas frías y la vida común. Desde la publicación de La soledad de la mujer pez en OnCuba, el 15 de abril pasado, he recibido mensajes —por Facebook, por gmail, por sms, de unas a otras personas y hasta mí— desde América del Sur, Estados Unidos y Europa, sin contar con el enorme aluvión de correos de cubanos y cubanas residentes o no en la Isla.

Todo el mundo quiere ayudar a Milagros desde cualquier parte. Cada quien desea enviar cuanto pueda: ropas, alimentos, otros bienes… Ayer, una maestra de Guaracabuya se ofreció voluntariamente a enseñarla a leer y a escribir. Hace unas horas un maestro de La Habana dijo también que estaba dispuesto a alfabetizarla, sin preguntar si quiera cuán lejos estaba Guaracabuya de la capital.

A cada momento aparecen nuevos ofrecimientos desde nuevas regiones de Cuba o del mundo. Alguien me llamó desde Dallas, Texas. Varias personas que nacieron en Guaracabuya y conocieron a Milagros crearon un gofundme en internet. A estas horas han logrado recaudar 65 dólares de un total de 5 000. Desde Estados Unidos, también, me dijeron que el texto y las imágenes cada vez llegaban a más personas. Me cuesta decir que “se habían vuelto virales”.

Puede que la imagen de Milagros haya conmovido a todos en todas partes. Puede que la fatalidad de ella haya servido para experimentar la propia fatalidad de uno, por insignificante que sea. O no sé —ni ahora mismo estoy tan interesado en hallar las causas de esta reacción. Milagros ha conmovido a decenas de personas que desean hacer alguna cosa, cualquier cosa concreta desde cualquier parte.

Pero, también hay que decirlo, Milagros solo ha conmovido cuando apareció en los medios y en las redes sociales. Antes no existía. Por supuesto, antes casi nadie sabía ni se imaginaba que existía. Aún así, un amigo me advierte que Milagros no es la única persona que necesita ayuda en Cuba. “Hay muchas más personas, lo que pasa es que ahora Milagros ha causado interés porque está en los medios”, precisa.

Y él tiene toda la razón. Pero después que cedí a escribir la historia no tengo el derecho de negar a nadie su contribución a Milagros. Es verdad, también, que tengo miedo. No sé cómo mantener las cuentas claras, no sabría cómo desempeñarme, ni sé cuál es la mejor manera de hacer llegar el dinero y los recursos hasta Milagros si yo, nada más, soy periodista. Por otro lado, su único hermano en capacidades mentales plenas —Bruno— padece cáncer y no podrá hacer tanto como quisiera.

Yo no pretendo —ni quiero, ni podría— sustituir a las instituciones cubanas encargadas de atender a Milagros. Espero que la noticia de que ella existe llegue a todas partes adonde deba llegar, o tendré que llevarla yo mismo. Salud Pública y Bienestar Social deben encargarse de una vez de Milagros, puesto que sus hermanos, por las razones que sean, no pueden.

Es inevitable que ahora yo comience a recibir dinero donado a Milagros. Y me pregunto dónde termina mi deber como periodista y donde comienza una labor humanitaria que no me compete a mí. ¿O sí?

En definitiva, aclaro: lo que llegue hasta a mí será entregado a Bruno y, de mutuo acuerdo, proveeremos a Milagros de los bienes que más necesita. Pero la prioridad será insertarla en el sistema cubano de Salud Pública para que sea operada y pueda aprender a leer y a escribir. Otra vez: yo no pretendo sustituir a ninguna institución que deba asumir la responsabilidad. Nosotros las “agitaremos”, si es preciso, para que reaccionen. Y ellas deberán asumir. Y ellas deberán actuar.

Nosotros —yo, como cualquiera de ustedes— acompañaré a Milagros hasta donde pueda, contaré la historia y fundaré mis esperanzas en que no vuelva a ser necesario otro reportaje de esta naturaleza en OnCuba, en que nadie más —nunca— necesitará a otro periodista.

La soledad de la mujer pez



…como algo ante lo que uno tiene que quitarse la mirada
Lina de Feria

En unos pocos meses Milagros Guerra Vila cumplirá 57 años. Si mira atrás, un día tras otro, un día interminable, tendría que sufrir. Si mira adelante, ciega como está, no alcanzaría a ver ningún futuro. Pero ella no maldice las circunstancias, no culpa a los humanos, no responsabiliza a Dios, no se compadece a sí misma. Uno tiene la odiosa certidumbre de que Milagros, entre las cuatro paredes de su casa sin luces, alcanza una parte de felicidad. Y uno, por oposición a todas las razones posibles, sabe que las medias esperanzas de ella dejan sin sentido el conflicto banal de todos los demás. De un tajazo.

Milagros nació en 1959, en Guaracabuya. El centro geográfico de la Isla había sido siempre un destino fatal para nacer, incluso en el año de la Revolución victoriosa. Ella nació con ictiosis, una enfermedad que reseca la piel. Donde debía tener la epidermis tersa, tiene la cubierta escamosa de los peces. Nació sin pelos, con colmillos exagerados, con párpados al revés.

Enseguida la maledicencia culpó a su madre por el fruto de su vientre: dicen unos que Consuelo Vila, en un intento desesperado por detener el ascenso de su prole, bebió petróleo. Y otros más, apelando al principio de la crueldad universal, recuerdan que todo el mundo tiene lo que se merece: si antaño Consuelo no hubiera calmado la lujuria de sus patrones tampoco hubiera contraído el mal. Pero lo contrajo, y enfermó la sangre que enfermó al feto. Como quiera que sea, el lunes 7 de septiembre de 1959, a la luz de las cuatro de la tarde, la niña inconcebible nació. Y su madre, para protegerla, la dejó en casa.

Milagros no tenía ninguna discapacidad física diferente al estigma de su piel escamosa. Y por esa marca, y porque los otros niños le temían, y porque los adultos preferían evitarla, no entró a las aulas ni tuvo maestros ambulantes. Aunque la campaña de alfabetización enseñó a leer y a escribir a miles de personas, ella sigue analfabeta. Hasta 2010 apenas existía: por más de 50 años una tarjeta de menor —y nada más— aseguraba ante las leyes que Milagros había nacido, y que vivía olvidada en un barrio de Guaracabuya.

El día que Bruno, el hermano, solicitó la prueba actual de su existencia, Milagros no acudió a la oficina del carné de identidad. No firmó. No estampó su dedo en el papel. Como si no fuera —como si nunca hubiera sido— un ser lógico. Milagros no se imagina qué mundo existe después que se diseminan las últimas casas en el paisaje rural de Guaracabuya.

Bruno, médico veterinario, supone que ella padece cataratas. Pero, ciega como está, sola como vive, Milagros no es capaz de llegar hasta el oftalmólogo. Todos sus hermanos, incapaces, agobiados en sus propias desgracias de vida o muerte, temen subirla a un superbús. Dicen que asusta a los niños. Dicen que ni siquiera los médicos quieren verla.


***
Volví a llegar a su casa, después de varios años. Hablé para que me reconociera. Y otra vez, al instante, recordó que yo le temía, que le “salí huyendo” cuando era un niño. Esquivé el recuerdo. Ahora nada le alegra más que las visitas, las pocas, poquísimas visitas que recibe.

—Entonces, dime: ¿qué quieres saber de la vida mía?, se adelantó enseguida.
—¿Por qué no fuiste a la escuela?
—A mí me hubiera gustado ir. Mi mamá puso a mis hermanos en la escuela, pero a mí nunca me llegó a poner. Como yo digo, si no me llevó, que me hubiera puesto a alguien aquí en la casa que me enseñara a leer y a escribir. Ya, a estas alturas con la vista que tengo no puedo aprender a leer y ni a escribir, ni a discutir…
“Mi mamá a lo mejor lo hacía para que los muchachos no se burlaran de mí o algo, a lo mejor ella lo hacía por eso…”
—¿Pero tú sí querías ir? ¿A ti te hubiera gustado…?
—A mí sí me hubiera gustado. Antes yo cogía las libretas y me hacía la idea… Yo escribía siempre algún numerito… y a veces me guiaba por otro papel y escribía. Si yo aprendí sola a cocinar y aprendí a lavar, aprendí a coser…
—¿Y cómo fue tu infancia, si no pudiste ir a la escuela? 
—Ná´, vivía normalmente aquí, trabajando, barriendo, fregando...
—¿No te gustaba salir a jugar con otros niños, salir al barrio?
—Yo jugaba con las muchachitas de una vecina. Una de ellas a veces hacía el papel de maestra y se ponía a darme clases. Mira, si ella no se hubiera ido pa´La Habana, me hubiera enseñado a leer.
—¿Tú sentiste alguna vez que la gente te rechazaba?
—Sí, alguna gente sí. Una vez vino una artista a cantar aquí en Guaracabuya y no sé si es que me cogió miedo, o no sé... Y una vez, en una fiesta, había una muchacha que cada vez que me veía cogía y se escondía. Pero no importa, otras me saludaban, y me abrazaban y me daban besos.
—Ya tú no vas a las fiestas. ¿Te gustaría ir de nuevo?
—Ah, eso es lo que más quisiera yo. Mira, mis hermanos salen por la noche y yo me quedo solita aquí. Yo cojo y tiendo la cama y me acuesto a las 9:00 de la noche, porque ¿qué hago yo aquí sentada?, sola aquí…
—¿Y volver a ver? ¿Eso no es lo que más tú quisieras también?
—Bueno, si tengo posibilidad y el médico ve que puedo operarme. Si no, seguiré así hasta… A mí lo que más me gustaría es tener la vista bien, ser independiente de mí misma, no tener que estar arreguindá´ de nadie. A mí me gusta hacerme mis cosas.
—Milagrito, ¿nunca te has enamorado?
—Mira, te voy a decir una cosa: hombres, enamorados, he tenido yo unos cuantos.
—¿Y se lo has confesado?
—Bueno, se lo he demostrado de otras formas.
—¿Cómo?
—Cuando los abrazaba les daba muchos besos.
—Dime ahora, ¿qué te hubiera gustado estudiar?
—¿Estudiar? Bueno, si yo te dijera una cosa: ya que tanto me han dicho que yo soy una abogada, me hubiera gustado estudiar leyes.
***


nadie hablará de ti pero te quedas
Lina de Feria

Hace un par de años, Consuelo Vila se levantó con fatigas. Se arregló como pudo y caminó a rastras hasta el consultorio médico de la familia. No volvió jamás a su casa: murió por descuido, por vejez, por malnutrición. No tuvo tiempo, aunque fuera en agonía, para asegurar el futuro de su hija.

Sin la madre, el círculo alrededor de Milagros comenzó a cerrarse. Hace poco, a partir de la restricción nacional de las gratuidades “no justificadas”, ella perdió su pensión por concepto de asistencia social. Y aunque en ese momento desesperado Bruno logró que le transfirieran los 240 pesos del retiro de su padre extinto, Milagros no clasifica en la categoría de “asistenciada social” porque según “los papeles” su hermano Lázaro —un hombre tarado que la amenaza con “meterla en el asilo”— recibe una pensión bajo aquel mismo techo.

“Si no entrara ningún salario en el núcleo entonces se le abriría un expediente y se le aprobaría una chequera de asistencia social. Ya una vez ella tuvo esa pensión, pero se la quitaron antes de que yo trabajara aquí”, recuerda Marisleidys Batista Carvajal, la trabajadora de Bienestar Social encargada de los “casos más necesitados” de Guaracabuya.

Aun así, en las vidas más adversas la incoherencia fundamental entre el desamparo mismo y las categorías creadas para proteger a los desamparados, no alcanza ningún sentido. La burocracia no vale nada cuando el miedo común a “lo nunca antes visto” ya apartó a Milagros del sistema de Salud Pública. Ningún enfermero, ningún doctor, ningún asistente social de ningún hospital, se encarga habitualmente de ella: ni Milagros va al médico, ni el médico (especialista) viene a Milagros.

“Ella —dice Bruno sin alejarse de su hermana— no es un caso normal, aunque no quiera entenderlo. Milagros no puede salir en una guagua por ahí pa´llá cogiendo polvo, porque tiene los párpados abiertos. Si de todas formas yo la montara en el superbús, ¿qué haría todo el mundo? La gente la rechaza, los vejigos empiezan a dar gritos; es un espectáculo. Ella necesita un vehículo que la lleve y que la traiga”.

“Hace tiempo —prosigue Bruno— yo vi a un médico y me dijo que iba a venir por acá, pero nada. Figúrate, a nadie más le duele esta muela”.

Ahora mismo la ambulancia de Milagros no viaja hasta Guaracabuya. Ni los médicos de ninguna parte saben que existe una mujer con los párpados demasiado abiertos, con la piel demasiado seca y escamosa. Ni ella, la doliente, está demasiado interesada en su destino: qué puede hacer —a estas alturas— el pez fuera del agua. Se va, deja la conversación. Comienza a barrer la casa oscura, a tientas.

Como todos los domingos Bruno trae unos pocos alimentos: maní, azúcar, yuca pelada, plátanos maduros, arroz para los pollos. Se va pronto y Milagros vuelve a la escena goyesca de siempre: lanza los frijoles crudos sobre la mesa en penumbras. Por el más básico instinto de sobrevivencia tira cada (supuesto) frijol al caldero. Reconoce las semillas con sus dedos y no piensa que morirá sin haber sido amada jamás. Aparta las piedras y elude su vida sin milagros. Tantea el fuego y olvida que la condenaron cuando nació.


En 2009, después de enviar cartas a todas las instancias posibles, Consuelo Vila consiguió que el Gobierno le construyera una casa a su hija.

Cada domingo, siempre que pueda, Bruno visita a Milagros. Ahora, por desgracia, el buen hermano padece cáncer.



martes, 3 de noviembre de 2015

La ingenua vida de una loca con ojos de cristal


Mónica Gisela nunca sabrá que es loca, ni estéril, ni huérfana. Cada día ella lee los periódicos al revés, se reconoce en las fotos de revistas donde no está y habla con su madre muerta mientras se reclina en un taburete devorado por los comejenes.

Su propia casa va siendo reducida poco a poco por las termitas implacables. Su ojo de cristal va haciéndose más grande mientras el resto de su cuerpo se vuelve más pequeño. Sus sillones pierden los balances mientras ella busca leña para mantener el fogón.

Mónica Gisela no sabe cuándo es hoy, o mañana, o antes, o después. Ni sabe que la muerte es por ahora el único final seguro.

Pero ella, por lo menos, conserva el pasado, o el recuerdo del pasado. Cuando era niña los maestros la enviaron de vuelta a su casa porque —tan irascible como era— golpeaba a sus compañeros de aula. Cuando era adolescente perdió el ojo izquierdo en medio de una batahola con su abuelo. El abuelo, con las garras, la dejó tuerta. Cuando era joven sus padres pidieron a los médicos que la hicieran estéril, para que no pudiera procrear otra criatura desquiciada. Para que no conociera el placer.

Mónica Gisela llegó a Guaracabuya después de la muerte de su padre. Los tranquilizantes diarios habían quitado la razón a su madre, que pronunciaba palabras sin voluntad por los rincones de la casa. El día que Angelina iba a morir miró a su hija toda la mañana, lloró incesantemente, y se durmió sin más aspavientos.

En el campo, la joven demente había aprendido a cocinar y a cuidar el ganado. Le habían dicho que tenía que madrugar para ocuparse de las gallinas y de las vacas y de los agricultores. Y todavía sigue madrugando en Guaracabuya, aun cuando lo perdió todo.

El cambio de vida y el trastorno del paisaje han alterado su sentido del tiempo. Ella —desentendida de los relojes— se levanta, almuerza, come, duerme… según avanza el sol sobre su cabeza. Pero esa misma percepción ha sido alterada: Mónica Gisela puede dormir a las cuatro de la tarde y levantarse a los once de la noche, pensando, diciendo, refutando, que ya es mañana.

De madrugada —cuando ella cree que es madrugada— enciende el fogón de leña, hierve la leche, cuela el café, desayuna, desprende a las gallinas ajenas de los palos, y cumple su meticuloso ritual. Toma el ojo en sus manos, se queda tuerta sin guardar las apariencias y lava la pequeña pieza. Después, hace como si recobrara la visión.

Un día Mónica Gisela perdió, por segunda vez, el ojo. Aunque todos fuimos a ayudarle en su búsqueda, no fue hasta una semana después que la pequeña bola de cristal apareció en una grieta del piso, debajo de la cama. Enseguida lo tomó y lo puso en la oquedad de su cara, completando otra vez su anatomía lisiada.

Mónica Gisela aprendió hace muchos años que las mujeres se maquillan. Y ella, tan loca como es, se pone creyón fuera de los labios. Una fuerza incontenible la compulsa a dibujar una boca, una sonrisa, más voluptuosa que la suya propia. Mónica Gisela, cuando se pinta, concibe para sí misma unos labios que no le pertenecen. O sí.

Esta loca rural sueña con estar en Palmas y Cañas, el programa campesino que ha visto toda su vida. Ella misma se reconoce en las mujeres que no son ella, y cree que traspasa la pantalla. Ella misma es incapaz de reconocerse. En el colmo de la locura se cree otra mujer.

Esta loca, loca de nacimiento, desea volver al campo a pastorear animales que murieron, a atender agricultores perdidos, a vivir en su casa que no existe.

Ella no sabe —y no sabrá— que nunca volvemos.


Mónica Gisela en su casa de Guaracabuya.


Nota: La  pintura inicial que acompaña este texto pertenece al norteamericano Henry Darger. Este  artista brut —tan perturbado como era— escribió e ilustró una novela de más de 15 mil páginas.

sábado, 19 de abril de 2014

Inventario de la desgracia


En 1819 Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, obispo de La Habana, llegó a Guaracabuya aturdido por la cabalgata de su segunda visita pastoral a la Isla de Cuba. Entonces ya estaba advertido de la pobreza y poca importancia de aquel caserío de la jurisdicción de San Juan de los Remedios del Cayo. 

Con el cuerpo aquejado, después de atravesar los mil pantanos del demonio, el obispo De Espada se apeó con premura de la volanta y accedió al pequeño templo provisto con pinturas de horrible gusto. Bendijo a los presentes y allí mismo mandó a desahuciar las imágenes religiosas. Antes de la partida a mejores destinos prometió honrar a la parroquia con un retrato de su patrón, San Atanasio.

Así, en 1824 llegó la obra que el cura de Guaracabuya se aprestó a ubicar en el altar de la iglesia. El cuadro venía firmado por el pintor neoclásico francés Jean Baptiste Vermay, discípulo de David.

Según el historiador y periodista cubano César García Pons, De Espada había obsequiado una obra demasiado seria a «la aldehuela de Guaracabuya, perdida en los bosques de Remedios».

Y la aldehuela, desgraciada y tenida a menos, perdió el cuadro en 1869, cuando los mambises incendiaron las pocas construcciones levantadas en aquella tierra funesta. La gente mudó definitivamente sus bártulos a Las Placetas. El herrero de la aldea rescató la pintura, la colgó en su choza reconstruida, y la entregó, más tarde, a la Iglesia. La obra pictórica, de valores medianos, se encuentra hoy en los almacenes del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

Pero esa no fue la única ocasión ni circunstancia en que el asentamiento trascendió como pueblo desventurado. En la década de 1940 del siglo XX el historiador remediano José Andrés Martínez-Fortún y Foyo, de visita en la zona, reconoció que el antiguo pueblo había perdido toda su gloria para no recuperarla jamás.

Por su parte, el Jefe Local de Comunicaciones afirmaba a nombre de todos sus coterráneos en una carta a la revista Bohemia en 1949: «Nos sentimos orgullosos de vivir en este olvidado rincón de Cuba, que nuestros antepasados, en aras de la libertad que disfrutamos, supieron entregar a las llamas».

Epílogo
Desde los años de la fundación Guaracabuya puede trazar el círculo de su desgracia. Hay pueblos que nacen predestinados a la desventura; ahora podemos pensar que estos sitios se fundan, nada más, para que la tierra pueda ser nombrada. 

Pudiera complacerme en todas las enumeraciones vulgares, en todas las desdichas cotidianas, en todos los motivos sin poesía: en Guaracabuya no hay puntos de venta en CUC, no hay teléfonos públicos, los caminos se confunden con la maleza y el polvo, la tragedia del transporte nos agobia, no hay guaguas propias, no hay fuentes de empleo, no hay futuro. Será por eso que mis amigos comparan maliciosamente a todos los pueblos del fin del mundo con Guaracabuya.

Me preguntan: ¿qué ha hecho la Revolución en tu pueblo? Dos consultorios médicos y una escuela. Inevitablemente, en este país, en el mundo entero, hay lugares donde se vive mejor y lugares donde se vive peor.

En Guaracabuya se vive al margen. Las minas de oro no han mejorado la vida. La carretera, antaño Camino Real de La Habana, no ha vuelto a ser asfaltada en décadas. La ruta de la «aldehuela» no sigue a ninguna otra parte. Yo quería saber cómo pasaba la vida en los pueblos que están al final del camino.

A mi tía abuela le molesta que hablemos sobre las miserias de hoy. Dice que su papá murió con hambre antes de la Revolución. Ella compara constantemente lo que fue antes y lo que es ahora. Ella no piensa en el futuro.

Pero un día tendremos que dejar de señalar el pasado, si es que siempre llegamos a la conclusión panglosiana de que el presente nos debe conformar.

lunes, 6 de enero de 2014

La Coronela


En la calle principal de Guaracabuya, frente a la piquera de carros añorados, yace en su antiguo asiento La Coronela. Y aunque su casa posee una de las más céntricas ubicaciones, el alcance de su horizonte incluye nada más a unos pocos viajeros del pueblo remoto, y acaso a algún desconocido que siempre aviva los sentidos de la vieja.

A veces, cuando la ven echada en su silla o revelada tras las cortinas de polvo que alzan las volantas, estos viajeros presienten que se trata de una encarnación de la antigua Sibila de Cumas, conocedora de todos los destinos, obligada a la senectud sin la esperanza de la muerte.

Parece que en otro tiempo Antonia Molina fue una mujer magnánima, y temible. Se cuenta que desafió a la autoridad para defender a los trabajadores mal pagados; que se enroló en labores masculinas y superó a los propios hombres; que multiplicó su prole con hijos propios y adoptivos; que fue adúltera sin grandes cargos de conciencia. Aunque ahora casi nadie la recuerda como fue, las noticias de su carácter indomable han dado pie a todas las comparaciones humanas.

Cuando La Coronela, matriarca al fin, necesitaba conseguir el sustento para sus hijos emprendió los trabajos más inesperados. Primero se hizo tractorista de la zafra, después fundó una brigada de poceros y se metió ella misma en las entrañas de las tierras áridas a buscar los manantiales. Dicen que iba y venía en su caballo sin que nadie se atreviera a ofenderla. Poco a poco la mujer fue configurando una figura atípica, casi increíble en aquellas tierras grises donde todo el mundo debe parecerse para ser correcto.

Un día el viejo Carratalá advirtió a dos recién llegados a Guaracabuya: «Aquí no se queden, que vive una Coronela.» El alias impronunciable iba a perdurar para siempre en la memoria, pero solo hoy, en medio de la vejez terrible, cuando dejaron de importar los nombres y valen más las cosas que fueron nombradas, se le puede llamar Coronela.
Tantos años después la mujer analfabeta, la antigua Coronela, la progenitora de una estirpe incontable, reúne latas de aluminio para venderlas a las tiendas de materia prima. Tantos años después, en su casa frente a la piquera, La Coronela marca colas para otros que harán el viaje. A orillas del camino, ella ha insinuado siempre la partida, sin emprenderla jamás.

La Coronela, la recoge latas, la marca colas, la eterna insinuadora del viaje, vive todavía en la calle central de Guaracabuya, escondida detrás de las cortinas insondables de polvo. A veces parece inmóvil. Le brillan los ojos, apenas habla. A la vista de los viajeros casuales sus miembros recobran una parte de la antigua lozanía, y quisieran echar andar más allá de los pueblos tristes.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Los sueños de la fortuna


Se corrió una vez por Guaracabuya la voz de que mi abuela tenía sueños premonitorios. La gente murmuraba que Marisel Moya conocía las claves de los azares posibles en los días por venir. Pero no era ella, sino Dios o la providencia astral quienes determinaban el objeto, el tiempo, y el beneficiario de la comunicación.

Por algún tiempo mi abuela fue la intermediaria de la fortuna. Cuando la familia sobrevivía al Período Especial ella desarrolló aquel don inescrutable, como una adaptación a la severidad de los tiempos. En cada sueño una voz divina la instruía: «Tu familia necesita dinero; aquí tienes el número de mañana; sácatelo y ayuda a tus parientes». Los avisos se repetían a menudo, y ella cumplía entonces las indicaciones del Más Allá. En contra de las leyes humanas se volvió frecuente de las casas de juego.

La suerte de la vieja vidente se hizo fama. Cabilla, el colchonero del pueblo, la interpeló un día: 

—Marisel, a mí me dijeron que usted sabe el número que va a salir todos los días… Vengo a pedirle que me venda sus sueños. Le prometo que nada de lo que yo haga la afectará; voy a ir hasta Cabaiguán a jugarme el número de la suerte, lejos de aquí.

—¿¡Cómo le voy a vender mis sueños?! ¡Los sueños son una cosa íntima! —espetó mi abuela.

Hace años Marisel Moya perdió el don de soñar con los números de la bolita. No sabe cómo ni por qué, como tampoco supo nunca el origen de su buenaventura. En los tiempos que corren añora, en vano, la vuelta de la fortuna.

Ni Cabilla, el colchonero, ni nadie más en Guaracabuya han pretendido comprar sus sueños otra vez.   

miércoles, 9 de octubre de 2013

Telegrama a Guaracabuya

En el siglo XXI casi nadie se comunica por telegramas. Hace años que la gente abandonó el estilo telegráfico, y el romanticismo de las cartas, y el olor a tinta, y el papel. Esta es la época de los mensajes de texto (SMS), tan contraídos y escasos. A mí, las peculiares condiciones de la fatalidad me obligan a telegrafiar a mi madre a menudo. A mis amigos les provoca gracia. Alguien me preguntó: ¿Todavía existen los telegramas?
Aunque ninguna dimensión física considerable se interpone, entre Guaracabuya y Santa Clara —entre mi madre y yo— se abre un espacio inabarcable. Entre la ciudad y la aldea remota se levantan muros indescifrables que separan a dos mundos maniqueos: el progreso y al atraso, la comunicación y la incomunicación, el SMS y el telegrama. 
En Guaracabuya más de 2000 habitantes disponen de 16 teléfonos, estatales y residenciales. La red telefónica no está digitalizada; ni siquiera se puede acceder a los servicios básicos de Etecsa. El correo electrónico no existe. Internet es un quimera imposible que muy pocos conocen vagamente, como en el recuerdo de un sueño que no ha sido.
En la aldea podrían funcionar las señales de humo; sin embargo, los celulares apenas captan las señales en el aire. Hace poco, una señora dispuesta a comunicarse con su hijo subía al techo de la piquera en medio de un espectáculo pueblerino. Solo allí el móvil alcanzaba la señal indispensable. 
Por mi parte, escribo telegramas que una agente postal entregará a mi familia. En cualquier punto de Cuba el mensaje manuscrito se introduce en el sistema de Correos, y se recupera luego en su destino, y se dicta por teléfono, y se escribe otra vez, con tinta, como al inicio. Así quedan fijados el día y la hora de mi llamada telefónica.
La oficina local de correos de Guaracabuya, que antaño disponía de una vieja máquina de escribir, ahora está desprovista de todas las tecnologías arcaicas o recientes. Envío un telegrama desde Sagua la Grande. Mamá, estoy bien. ¿Dónde queda Guaracabuya? –preguntó la funcionaria sagüera del Correo. Te llamo mañana… ¿Allí hay computadora? No. Entonces… ¿lo dictan por teléfono? Sí. Besos, Alejandro.
Gracias a la conexión digital el telegrama vuela el espacio hasta Placetas. Allí, la antípoda de la agente sagüera levanta el teléfono y marca a Guaracabuya. Espera, que anoto. Mamá estoy bien te llamo mañana... vesos Alejandro. ¿Es todo? Nada más.
La agente postal de Guaracabuya escribe en una hoja de libreta común. El telegrama llega hasta mi madre con la caligrafía de la mujer, con algunos errores ortográficos, sin signos de puntuación. En Sagua, me dijeron, los telegramas se entregan mecanografiados, dentro de un sobre que protege la privacidad del mensaje. En Guaracabuya parecen menos serios. En realidad, están más cerca del recado que de otra cosa.
¿Cuánta gente se comunica hoy por telegramas? Según mi papá, jefe de una agencia municipal de correos, cada día las personas acceden menos a ese servicio. Ni siquiera hay muchas cartas que repartir. En este año, por ejemplo, nadie más que yo ha enviado telegramas a Guaracabuya, una aldea donde todo resulta anacrónico.
En el siglo XIX, cuando el correo tenía mejores medios que hoy, el paisano Ysidoro Domínguez se quejaba, disgustadísimo, porque los periódicos llegaban con considerable atraso a los suscriptores de Guaracabuya. Más de un siglo después los diarios llegan sin apuro, no hay teléfonos públicos, y escribo telegramas a mi madre.

Telegrama de Ysidoro Domínguez


sábado, 3 de agosto de 2013

La mujer-pez

...me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma.
Testamento del pez, de Gastón Baquero

—Entra. Te he esperado todo el día, me dijo la mujer-pez. Mira, puse flores nuevas en la mesa.
Yo traspuse la puerta impresionado; la imagen de la mujer-pez renovaba mis recuerdos infantiles del miedo. No parece la misma de antes: tantos años le cambiaron la fisonomía irregular; o tal vez, nada más extraviaron mi memoria.
—Me acuerdo de ti. Cuando eras un niño yo iba a tu casa y te escondías. Has crecido mucho. Ahora yo estoy más vieja, más fea. ¿Todavía me tienes miedo?
—No, claro que no —casi tartamudee. ¿Cómo…? Te conozco desde que era un niño; me eres familiar…
—Haz memoria: yo asusté a todos los vendedores ambulantes que pasaban por esta calle; corrían pidiendo auxilio. Los niños lloraban de miedo (la verdad es que tú eras de los más valientes). Nadie quería visitar esta casa, ni los trabajadores de Salud Pública.
***
— ¿Ya no sales?
— No, ahora estoy ciega. Antes me ponía una peluca, me pintaba y me iba a los guateques. A la gente le gusta mi voz, le gustaba, por lo menos. De noche nadie me podía detallar la cara.
Las preguntas del cuestionario que le impuse la provocaron. Evocó el deseo, la posibilidad, cómo habría sido… cómo sería…
—Soy analfabeta, nunca tuve un maestro. Pero si hubiera estudiado hoy sería abogada. Dice mi mamá que yo tengo leyes, que nadie podría ganarme un juicio…
***
La mujer-pez nació hace 50 años en Guaracabuya. En su infancia, los niños la comparaban con las caricaturas horrendas de los libros de terror. Parecía, parece, un ser fantástico de existencia imposible, como si los genes del humano y del pez se hubieran entrecruzado de manera insólita, determinados por la voluntad astral. Le fueron concedidos el cuerpo, el sexo y la voz de la mujer; y los dientes y las escamas del pez.

La maledicencia culpó a su madre: dicen que la joven negra y criada, en un intento desesperado para detener el ascenso de su prole, bebió petróleo. Dicen que las curanderas le recomendaron las hierbas infalibles para el aborto. Y a pesar de todo, la hija-pez, la niña-pez, la mujer-pez, nació inevitable.

Otros más culpan a la sífilis. En su historial de servidumbre Consuelo Vila, la madre humana de la mujer-pez, también sació el deseo de sus patrones y contrajo la enfermedad que la consumió por varios años.

La niña-pez, la inconcebible, nació bajo la mirada de los curiosos y los repugnados. La niña pez jamás entró a las aulas. La niña-pez no aprendió a leer ni a escribir. Ningún maestro ambulante le enseñó. La niña-pez creció alejada de los niños-humanos, sin juegos, sin amigos. La niña-pez provocaba pesadillas. 

La mujer-pez no conoce las certezas de su propia vida. ¿Qué designios le negaron las aguas? ¿Qué fatalidad la condenó a la tierra? Acaso los seres indefinidos nunca se realizan. Las criaturas inciertas son apartadas de todos los grupos: como los emigrantes de la tierra, que ya no pertenecen a ninguna parte, los seres indeterminados están en el camino a medias de su naturaleza.

Un día, la mujer-pez morirá sin haber sido amada jamás. Ella se enamoró de los hombres que la rechazaron. A menudo se maquilló para nadie. Siempre provocó el miedo, la pena, el asco. De ella, cuando más, se dirá: nació, vivió, murió. Después no tendremos recuerdos.

Sabemos que llegó a la tierra por equivocación. En su casa olvidada de Guaracabuya vive desligada de los hombres, huérfana a los 50 años, con tres hermanos locos, con vientre infértil, con sueños no cumplidos. La mujer-pez merecía el agua que le fue negada, el paraíso acuoso que desconocemos los humanos sin otra posibilidad que la tierra.
***
Milagros Guerra Vila padece ictiosis, una enfermedad genética que provoca que la piel se vuelva seca y escamosa, como la de un pez. Precisamente, el nombre del padecimiento proviene de la palabra griega ichthy, que significa pez.

La conversación que inicia este post la sostuvimos durante el Censo de Población y Viviendas 2012, cuando llegué a su casa como supervisor encargado de censarla. En ese momento vivía con su madre, que falleció poco después. Ahora la rodean varios hermanos desequilibrados y alcohólicos. Milagrito ha envejecido al interior de cuatro paredes. No sale de día, porque el sol agudiza los síntomas de la ictiosis; ni de noche, porque está ciega.  


Imagen: Mujer con pez, de René Rodríguez Soriano.

viernes, 10 de mayo de 2013

La trágica y maravillosa historia del Cacaseno


Alguna vez, al borde del agotamiento, mi mamá nos amenazó con perderse para siempre en el camino sin rumbo, imitando el viaje misterioso de Margarita Domínguez 84 años atrás. Casi todos en Guaracabuya han fantaseado alguna vez con la idea de anularse del mundo conocido, de marchar calladamente hasta desaparecer. En el imaginario colectivo del pueblecito la partida misteriosa de la madre de Cacaseno simboliza el hastío, la desesperanza, la imposibilidad de continuar la misma vida todos los días. 

Margarita Domínguez había nacido en San Juan de los Remedios, pero las circunstancias de la fatalidad le reservaban a Guaracabuya para los últimos días conocidos de su existencia. Su marido, enfrentado a la autoridad, cercenó con el mismo machete de la caña la cabeza de un guardia, y a cambio le pegaron un tiro mortal en el pecho. Cacaseno, el hijo por venir, nunca conocería a su padre. 

Con 16 años, un niño en el regazo y embarazada por segunda vez Margarita llegó y se instaló en la aldea remota. Nadie sabe por qué un día abrió la puerta de su casa, apenas se despidió de su pequeño hijo, subió el camino polvoriento y se perdió para siempre. 

Cacaseno no recuerda. Nunca conoció a su padre. No tiene memoria de su madre. Su hermana desapareció en los brazos de la mujer aciaga, en el camino desprovisto. Su abuela, sin más opciones, lo entregó a una familia vecina que lo acogió con la promesa de instruirlo como carnicero. Desde sus cuatro años Cacaseno estaba previsto para ser el carnicero del pueblo. Todavía su imagen inveterada bajo la ceiba, colgando las carnes a los ojos de los compradores, merodea el recuerdo de los más viejos. 

Poco a poco él devino el negro por antonomasia de Guaracabuya. (En los pueblos miserables casi todo se nombra por antonomasia: el negro, el feo, el loco, la bella…) Sin ninguna familia en el mundo se decidió a formar una propia. Casó con Vitalia Guerra, Gore, y engendró una prole numerosa de negrones fornidos. 

Quizás no le bastó. Quiso saber qué fue de su madre, qué motivo la llevó al camino sin retorno. Emprendió la búsqueda y el pueblo dolido por su suerte le siguió los pasos. Un entramado de mensajeros le hacía llegar las noticias: una negra parecida a su madre había sido vista en Cabaiguán, La Habana, Oriente… Entonces Cacaseno iba, casi esperanzado. Las únicas señas de la mujer las sabía por la gente más vieja. Terrible pero cierto: a su propia madre la conocería por la descripción de los demás. 

Llegó dos veces a Mazorra, el hospital psiquiátrico más famoso de Cuba. Desde la distancia esperó que la fila de los locos marchara adelante y atrás; los miró detalladamente, los hurgó con los ojos, quizás invocó al Cielo, a Dios, a los santos yorubas, pero ninguna era su madre. Margarita Domínguez ya no existía porque decidió perderse y se borró de la memoria. Lo único en este mundo que la evidencia es el propio Cacaseno, el hijo huérfano e inerme, pertinaz cuestionador de los misterios de la vida.

Foto tomada de Facebook.
En Guaracabuya nadie sabe exactamente por qué le dicen Cacaseno. Él mismo duda, piensa, se aventura a buscar una explicación para ese sobrenombre que le antecede. Dice que llegó con cuatro años al pueblo y Arístal Cabrera lo bautizó con el apodo sin sentido. No sabe que su alias tiene una historia, que él mismo encarna —sin profunda relación— un personaje literario del siglo XVII. Cacaseno es el protagonista y el título de un cuento italiano de Adriano Banchieri. ¿Acaso podrá ser el mismo? ¿Conocerían en el pueblo aislado esa historia? Sí, los viejos me cuentan que en Guaracabuya vendían por un medio el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, tres cuentos en uno, publicados por la editorial española Callejas. Pero los rasgos de uno no coinciden con el otro: Cacaseno, el literario, encarnaba al pícaro y timador. El nombre propio pasó al diccionario como sustantivo común y ahora significa «hombre innoble». Al contrario el Cacaseno de Guaracabuya es negro bonachón, que carga honradamente su morral al hombro. Arístal Cabrera lo bautizó, más bien, por un capricho. 

Con 88 años Luis Domínguez, hijo póstumo, intenta figurar todavía a su madre, porque sabe que el recuerdo imaginado, más que la memoria que no existe, lo ata únicamente al pasado. Hace mucho dejó de buscarla porque perdió las esperanzas; nadie que viva hoy conoció a su madre. Cacaseno ha existido tanto que ahora habita en un solo tiempo: todavía es el carnicero de Guaracabuya, aún supone que todos los días su madre retoma el camino y se pierde del mundo.

Cacaseno, hijo viajero, recorre a diario los pueblos vecinos en busca del sustento vital. Mientras tanto, en Guaracabuya la gente quiere ascender, a veces, el camino polvoriento y perderse para siempre, como su madre.

Con Armando el Feo, otro personaje de Guaracabuya. Foto tomada de Facebook.

lunes, 18 de marzo de 2013

El fin de la historia




Descreo de la tesis del fin de la historia sostenida por Francis Fukuyama. Aunque ciertamente cayó el fascismo y fracasaron los ideales comunistas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), aún concedo esperanzas al progreso y a las ideologías alternativas.

Yo asisto al fin de otra historia que poco —o nada— tiene que ver con la posmodernidad ni con los sucesos mundiales. Esta historia resulta más íntima, acaso mínima.

Tengo la sensación de que Guaracabuya va a desaparecer. No a la manera del Macondo garciamarquiano, que llegó a su fin predicho desvaneciéndose en los vientos huracanados de un cataclismo histórico. Guaracabuya es menos pretensiosa: va a borrarse en el polvo. (Una nube de polvo va engulléndola, confundiendo las casas y las cosas).

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? La gente quiere irse tras la esperanza del progreso, en busca de la vida menos precaria. Los viejos van muriendo, los niños dejan de nacer.

Guaracabuya nunca fue próspero, pero vivió mejor. Las minas de oro, comparadas por un ingeniero ¿lúcido? con las de California, en los Estados Unidos, y con Minas Gerais, en Brasil, nunca produjeron el metal en la demasía prevista. Hoy mismo los mineros extraen de galeras profundas, alargadas, la piedra que debe hacerse oro. Pero el pueblo sigue igual, en una precariedad casi miserable. Guaracabuya no es El Dorado.

Las cafeterías, las gasolineras, las quincallas, los bares de antaño desaparecieron. La escuela pública, posiblemente el edificio más notable, fue barrida hace medio siglo para construir una mejor. (Más fuerte, no más bella). La misma iglesia, feúcha, pero neoclásica, antigua, de piedra, acabó en la ira radical de las mandarrias.

Exactamente cuando yo nacía, la Autopista Nacional iba a traer cierto privilegio al pueblecito. Pero no la acercaron lo suficiente, y los carros siguen su camino sin conocer, ni siquiera por una señal, la proximidad del ecuador cubano.

La calle principal se asfaltaría, porque cuentan que en diciembre de 1958 el Che la transitó para llegar hasta Falcón, derribar el puente sobre la Carretera Central e incomunicar a Santa Clara. Pero en la espera el antiguo asfalto se unió a la piedra original, y la piedra al polvo.

Los carros eluden Guaracabuya; prefieren la vía más larga a la imposible. Un motor encendido es poco menos que un suceso. En mi calle ya no molesta el ruido de las máquinas.

Antes la noche se interrumpía por el pitazo de los trenes. Las movilizaciones de la caña encendían el ánimo pueblerino. Pero ya no pitan más los trenes, y en el ferrocarril campean las bestias. Hoy nadie espera el gascar.

A veces, en la tarde, debería correr la brisa fresca de la sabana. Pero la polvareda obliga a cerrar las puertas, a recluirse en la penumbra de los interiores.

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? Se borran en la pesadumbre metálica del mediodía, se pierden, desaparecen. Como en las aldeas fantasmas, nada será mejor, porque nada volverá a ser.

lunes, 11 de marzo de 2013

Pedro Osés y la pintura mágica

En 1974, entre los dibujos que se conservaban en alguna casa de cultura de Santa Clara, Samuel Feijóo halló las primeras pinturas del joven Pedro Osés. Allí mismo indagó sobre el novel artista y al día siguiente partió al poblado rural de Guaracabuya (Placetas, Villa Clara) para conocer al autor de las creaciones desconcertantes.

Viajó en tren, la vía más expedita para acceder a aquel destino. A la vista de la llanura atravesada por el ferrocarril, Feijóo evocaba los espíritus y seres sobrenaturales del campo cubano. Con Aida Ida Morales (también pintora) desembarcó finalmente en el paradero desolado de Guaracabuya y se adentró en las primeras callejuelas desconocidas. «¡Este es nuestro fantasma, Aida!», aseguró el escritor, casi en un grito exaltado, cuando el jovencito envuelto en una sábana blanca, les abrió la puerta de su bohío. Apenas amanecía.

Hasta esa mañana Pedro Alberto Osés Díaz había soñado con la pintura. La extirpación de un tumor en su médula ósea, cuando era un niño, le atrofió toda la anatomía del cuerpo y pudo haberlo recluido al sosiego permanente de las aulas vacías, con una maestra, sin compañeros. Pero necesitó expresarse y echó mano de semillas, galán de noche, pasta dental, flores y crayolas derretidas que usó como pinturas. Fabricó pinceles con pelo de caballo y combinó colores en las cartulinas que conseguía. Ya su mente estaba poblada con las particulares imágenes de una plástica en ciernes. Feijóo le prohibió conocer la obra de otros artistas por el momento, y le regaló pinturas.

Osés

Cuando murió en 2009, a la edad de 54 años, el pintor Pedro Osés contaba con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero, y había obtenido el reconocimiento del pueblo que hallaba en la imaginería de su pincel la recreación de los mitos campesinos cubanos.

Jamás accedió a cambiar su residencia de Guaracabuya; absorbió la mitología guajira de los campos y luego la vertió en los cuadros que concebía y pintaba.

Aunque nunca recibió preparación académica, su pintura se distingue fácilmente de la de otros artistas naif (ingenuos), por la seguridad del trazo.

Los rasgos de sus pinceladas tienen una naturalidad expresiva que descarta la duda ante el lienzo en blanco. Sus líneas son precisas, sin demasiados regodeos, pero cautivadoras de una sensualidad descollante. Los colores, como los de todo primitivista, son vivísimos, pero en su caso se unen orgánicamente a la naturaleza del campo cubano, a la iconografía religiosa o a los mitos de ahorcados, aparecidos, demonios, ángeles, fantasmas y otros seres extraordinarios que Osés no tomó de ninguna tradición sino que inventó él mismo.


En sus cuadros cobra vida una fauna de criaturas real maravillosas, mágicas, místicas, inofensivas y a veces macabras que el autor concibió o enriqueció con su imaginación. En ellas pueden reconocerse fácilmente las dudas, obsesiones y hasta limitaciones del pintor.

Hombres y mujeres que se transfiguran en flor o en pájaro durante el éxtasis de una cópula indetenida, móvil en nuestra sensación pero estática en su temporalidad, son un motivo recurrente de esta particular inspiración.

Ante las pinturas de Osés el espectador puede desconcertarse: en los cuadros resaltan criaturas andróginas e inverosímiles que no obstante poseen marcas evidentes de su sexo y sexualidad; y allí mismo se juntan en un acto sensual y sexual pero inesperado, fuera de toda convención de los modos posibles, porque persisten en la necesidad de la unión en contra de una soledad desesperante. A la misma vez permanecen sosegados, inobjetables en la consecución de sus placeres.

Nunca sabremos la verdadera naturaleza de una gran parte de los seres mágicos de esta plástica: humanos, o animales y vegetales, pero humanizados en una indefinición bien lograda, casi desapercibida.

El guajiro, en su estampa noble e ingenua, también se reivindica particularmente en toda la obra de Osés. No está reñido con la persistencia de otras figuras sobrenaturales, porque forman parte de una misma cosmovisión: es en definitiva el guajiro el que piensa y convive con estas mitologías.

La maternidad, la mujer, el catolicismo, la muerte y una posibilidad otra, mágica, mística y solo posible en el mundo de la creación signan, además, toda la obra pictórica del artista.

Por otra parte, el conjunto de estas creaciones logra asir toda una tradición histórica que ha pasado de generación a generación en la forma de la literatura oral y se ha plasmado también en la literatura escrita.

Pero siempre la tradición recreada trasluce –como sabemos– la sensibilidad personal, y en ese aspecto es donde la pintura de Pedro Osés gana su mayor mérito: se une a la imaginería única del autor y se enriquece con un misticismo sin precedentes en la plástica naif.

Los valores de toda su obra le valieron la inclusión en el libro El arte mágico en Cuba. 51 pintores cubanos. Naifs, Ingenuos, Primitivos, Populares, Espontáneos, Intuitivos… (Gérald Mouial) y en importantes muestras nacionales e internacionales, desde los numerosos salones territoriales y provinciales de arte pupular, junto a la gente sencilla que inspiró parte de sus creaciones, hasta la Exposición Art Inventif a Cuba, en Lausana, Suiza (1983); la muestra personal en la II y III Bienal de La Habana (1986 y 1989); en la I Bienal Latinoamericana, en Nicaragua (1989); y en la Exposición Museo de Arte Naif, París, Francia (1999), entre otras.

En Guaracabuya la abuela de Osés mantiene abierta permanentemente la casa-estudio-galería. Los cuadros que se exponen allí, por desgracia, cada día son menos. Unos se exhiben en diversos centros culturales de Villa Clara, e incluso en viviendas particulares; otros pasaron al patrimonio personal de coleccionistas extranjeros.





lunes, 25 de febrero de 2013

Guaracabuya, la aldea maldita


Siglos atrás, frente al pelotón de fusilamiento, el cacique Guara-Cabuya habría de recordar el futuro incierto de la tierra colonizada: aquel asentamiento arrebatado a los taínos jamás disfrutaría la prosperidad de pueblo. La maldición iba a perdurar en el nombre funesto.

La propia congregación de las almas en Guaracabuya está signada por las circunstancias de la fatalidad: los ataques de corsarios y piratas a San Juan de los Remedios del Cayo obligaron a los criollos a buscar otro sitio más seguro para asentarse. Un cura exorcista, José González de la Cruz, los convocó a trasladarse a tierras suyas más al centro de la Isla.

Unos, atemorizados por Lucífer y el infierno, más que por los piratas, lo siguieron con los bártulos al hombro para rehacer los hogares abandonados. Años después la inquietud los llevó al Copey y al Ciego. Finalmente fundaron la aldea de San Atanasio de Guaracabuya en 1814.

Otros, que permanecieron inamovibles sin mucha esperanza en la empresa del cura, aseguraron la permanencia en el tiempo y el espacio de la Octava Villa.

Guaracabuya fue uno de los primeros sitios donde los conquistadores españoles encontraron oro abundante. La leyenda del metal dorado en las minas de San Blas de las Meloneras y de San Francisco del Descanso comenzó con la colonización y continúa hoy. A finales del siglo XIX el ingeniero español Manuel Fernández de Castro comparó los yacimientos del pueblecito con los de California, Estados Unidos.

Tanto se habló del oro de la comarca perdida en los mapas de la ínsula que Alonso Colmenares Hernández, ministro español de Gracia y Justicia, se autodeclaró Marqués de Guaracabuya y provocó el escándalo en la prensa española.

El “pueblo” progresó, llegó a tener dos ingenios, Laberinto y La Caridad. Su iglesia, fundada desde 1814, recibió al obispo Espada, que más tarde la privilegió con el óleo San Atanasio, del pintor neoclásico francés Juan Bautista Vermay, primer director de la entonces Escuela de Pintura San Alejandro.

Pero la desgracia sobrevino el 9 de abril de 1869 cuando tropas mambisas incendiaron el asentamiento devenido centro de operaciones militares del mando español. Los guaracabuyenses (¿o guarcabuyeros?) huyeron hacia el fuerte de Las Placetas buscando protección y fundaron el actual municipio de Placetas. Placetas suplantó a Guaracabuya.

Aún así, unas pocas chozas desvaídas conservaron el nombre. Y la fatalidad se quedó. Ante la estafa de la Compañía Cubana de Electricidad a los desgraciados habitantes de Guaracabuya la revista Bohemia reprodujo las palabras del Jefe de Comunicaciones del pueblo: «nos sentimos orgullosos de vivir en este olvidado rincón de Cuba, que nuestros antepasados, en aras de la libertad que disfrutamos supieron entregar a las llamas».

En 2013 la aldea maldita cumplirá 166 años como pueblo que no debía ser jamás. Y por esa rebelión histórica ¿será condenada, también, a la soledad eterna?