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jueves, 13 de marzo de 2014

Las hermanas art déco

Para Alejandro Castro

Si no fueran tan delgadas, primorosamente delgadas, las hermanas art déco podrían vivir en un cuadro de Tamara de Lempicka. Pero ellas padecen con honor el ángulo, las líneas, los remates escalonados. Parecen tan peleadas del art nouveau...

Sus cuerpos forman amasijos lineales, paralelos, rectos o cortantes. La agudeza de sus terminaciones, el desencanto por la carne, por todos las enjundias, exacerba su postura art déco.

Se unieron hace años, cuando encontraron el parecido común en las decoraciones de sus fisonomías. Ellas, que nacieron carentes de todos los encantos naturales, han ido creándose algunos artificios.

Una de las hermanas partió al sur. Ella, amante de los viejos cuplés, está perdida entre los tangos. La otra quedó triste, frente al balcón de París, sobre la ciudad despojada. Escucha las mismas melodías de siempre, sueña los espectáculos que las llevarán a la fama.


La hermana del sur ahora usa el canotié; con su boa encanta a los hombres del sur. Tiene la elegancia que genera la escasez: carece de todo los espacios tradicionales del placer. La otra hermana padece la espera.

En las grandes avenidas de Santa Fe camina la más delgada. Entre los demás transeúntes ella enarbola la verticalidad, una línea recta ascendente, sin grosor ni curvatura. El vestido de tirantes que lleva es una tela breve, clara y ajustada. Va como un primor por la calle, aunque no haya posado para Vogue ni para Bohemia.
 
Cuando regrese, prodigará besos art déco, renunciará al fasto y retomará la modestia. Soñará otra vez con los cuadros de Tamara de Lempicka, con la vida art déco.

martes, 21 de enero de 2014

Yo disiento de mis padres

¿Para qué saber si es mejor no saber? ¿Para qué hablar si se está muy bien callado? (…) Le decía: deja de pensar, esto no conduce a nada, deja de pensar y comienza a divertirte…
El emperador, Ryszard Kapuscinski

El principal problema de mis padres y de toda su generación tiene que ver con el silencio, o mejor dicho, con el miedo a la expresión. Nacieron en la década de 1960, en medio de la triunfante Revolución Cubana, bajo el sitio del imperio más grande del mundo. Sus propias circunstancias los determinaron como son: seres pragmáticos que prefieren no «meterse en problemas» porque «uno no va a resolver nada». A veces mis padres están de acuerdo conmigo, pero prefieren el silencio, la sobria tranquilidad de las noches plácidas. Un mecanismo humano de sobrevivencia les ayuda a olvidar las tragedias cotidianas —el salario, la carestía, los precios...— para dormir en paz.

Así, yo tengo que debatirme entre la complacencia de ellos y mis convicciones. (Su complacencia tiene que ver con mi bienestar. Mi bienestar tiene que ver con mi pensamiento. Mi pensamiento tiene que ver con mi expresión).

En la Universidad me enseñaron a pensar, y a estas alturas ya no puedo limitar las terribles elucubraciones de mi mente. Necesito causas y efectos, análisis de beneficios, riesgos, contexto, antecedentes y hasta catarsis. Naturalmente no puedo ser panglossianista, y al final, mis padres tampoco: ellos saben que el mejor de los mundos posibles no existe, por lo menos en la realidad.

En los últimos tiempos algunos amigos o conocidos fueron acusados de no ser exactamente revolucionarios, pues habían publicado sus opiniones en internet. Se les ha dicho, una vez más, que están en lo correcto pero en el lugar equivocado. Los inquisidores no saben que este trágico mundo funciona como aldea global, unas cuatro esquinas donde todo se sabe. El filósofo Marshall McLuhan (que perdone mi vulgarización) lo dejó claro en la propia década del 60 del pasado siglo. Internet y las telecomunicaciones convirtieron a este planeta en un espacio barriotero sin secretos, propicio al chisme y a la sospecha. Aquí se supone que no se debe decir para que no se pueda saber. Pero más tarde o más temprano, según la lógica del barrio, todo se sabe en todas partes.

Sin embargo, yo presumo que la confusión está asociada a la semántica: en Cuba hemos ido provocando un desplazamiento en el significado de las palabras revolucionario y disidente. Muchos de los revolucionarios canónicos tienen un discurso anquilosado, defienden a toda costa los principios verticales, por lo general prohíben, censuran o limitan mientras enarbolan las causas más justas. Hay un lujo que no puede darse la revolución: no puede, precisamente, dejar de ser revolucionaria. El trovador Silvio Rodríguez, en su Segunda Cita, dice: «superen la erre de revolución».

Por otro lado, se ha obsequiado el término disidencia a la oposición remunerada. Nadie pensó que disentir es más revolucionario que asentir. La unanimidad parece falsa. En una sociedad necesariamente diversa la contradicción, el debate y la crítica constituyen la única fuente posible de los cambios revolucionarios. Lo otro es la espiral del silencio, o qué sé yo.

Ahora mismo, si me manifiesto en contra de los precios de los automóviles en Cuba (dispuestos hace poco por el Estado), ¿en qué bando me sitúan? ¿Disidente, joven hipercrítico, o revolucionario impenitente? Si critico la terrible relación entre el salario de mi madre y «el precio de la vida», ¿soy inadecuado? 

La principal diferencia entre mis padres y yo tiene que ver con la expresión. Ellos asumieron el mundo que les tocó y punto. Ellos padecen y callan. Yo padezco y no puedo callar. Sin embargo, carne de su carne al fin, los comprendo: mientras escribo yo también tengo miedo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Ojos de perro

Un perro viejo, con sarna, me mira fijamente. Yo almuerzo mientras el perro vagabundea por el comedor de la universidad. Llega a mi mesa y me observa con ojos vidriosos, como si deseara llorar, como si contuviera el llanto. Yo estoy solo en la mesa, y él me mira.

Nadie toca al perro sarnoso y sucio, destinado a la muerte en los días próximos. Nadie acaricia al perro, que no pretende ya ninguna intimidad (salvadora) con los humanos. El animal camina solo; los de su especie también lo abandonaron. Nosotros volteamos la cara y evitamos el asco. Cuando más, le lanzamos un pan viejo. Mi madre nunca podría comer frente a un animal que la mira como si le hablara.

Pero este perro nos observa con penetración, como si quisiera hablarnos, más que pedir la comida inmunda que le tiran. Algo de extraordinario tienen los ojos de este perro, algo que reconocemos como humano. O quizá es a la inversa: en los humanos reconocemos la mirada del perro.

¿Cómo saber qué quiere? ¿Nos pide atención o simplemente la eutanasia, la paz definitiva? No puedo evitar la mirada; yo también estoy solo mientras almuerzo. El mundo nos rodea, y nos miramos. Me van saliendo ojos vidriosos, como al perro.

Hace poco íbamos a Isabela de Sagua, a pasar la noche junto al mar. A la entrada del pueblo un perro negro se nos unió. No se desprendía del grupo; hizo un hueco en la arena, se echó y custodió nuestra casa de campaña. Cuando dormimos se mantuvo en vilo. Cuando nos asustaron los noctilucas se movilizó y corrió por la playa para socorrernos. Su apego nos sugirió la necesidad de la adopción.

A la mañana siguiente no esperábamos verlo más. Sin embargo, él amaneció de pie frente a la playa. Miraba en dirección a los restos del Nikoli, y más allá, a los cayuelos nebulosos; los ojos del perro  traspasaban la inmensidad del mar. Estaba absorto, ensimismado. Nosotros lo fotografiamos.

¿Qué buscaba este perro? ¿Sería consciente de «la maldita circunstancia del agua por todas partes»? ¿Qué viaje prohibido añoraba? Nos fuimos del mar, y del pueblo, y lo abandonamos.

Leí una vez, en algún texto cristiano para niños, que no habrá mascotas en el Reino de los Cielos, que los perros rodearán la ciudad magnífica de Dios. Pero yo imagino perros con miradas que hablan. Yo sueño humanos con ojos de perro.

miércoles, 3 de abril de 2013

Lista de espera



He vuelto mil veces a la lista de espera. Me gustan los viajes y por desprevenidos mi mejor alternativa ha sido la expectación, el aburrimiento, el desasosiego en las terminales. Prefiero las travesías interminables y nocturnas; imagino que el tren o la guagua nunca llegarán a su destino, que seguirán por siempre en marcha, sin llegar a ninguna parte, sin tener la obligación de bajarme en ningún sitio.

No sé por qué idea romántica me atraen los viajes. Quizás porque la vida cambia cuando cambiamos de sitio, porque en cada lugar los acontecimientos transcurren de formas diferentes. Porque viajar permite eludir el final, la meta, las consecuencias. Creo, como Sastre, en la posibilidad otra, en la vida que no será cuando elegimos libremente una diferente.

La carretera —imprescindible en el viaje— es un misterio. Siempre lleva a otra parte, y a veces, a otra vida. Cuando era soldado en el Servicio Militar Obligatorio podía divisar durante mis guardias la carretera futura, que se perdía vadeando una montaña agreste, y se me antojaba como adelanto del destino, un posible camino a la felicidad. Allí la vida tenía que ser diferente. Yo quería escapar.

Últimamente he pensado en la espera inevitable del viaje. Mucha gente aguarda por la persona o el suceso que les cambiarán la vida. Otras mantienen la expectativa por los nimios acontecimientos diarios, que no son trascendentales. Una cola, por ejemplo. Y a veces la vida se va mientras aguardamos.

Así, mi viejo amigo Tomás espera, como el coronel que no tiene quien le escriba, un reconocimiento que no llegará nunca. Me entregó el periódico para que yo reinterpretara los hechos y le explicara luego. Pero no tuve nada que decir. El papel era conciso y claro.

La expectativa a veces es injusta. La gente puede concluir su viaje mientras. Y se aguarda lo mismo por el pan, que por el hijo próximo, o por las leyes. Y hay atrasos fatales que aletargan la vida.

No sé por qué he divagado hasta aquí, si comencé por los viajes preferidos. Quizás tengo un deseo inconfesado de emprender la travesía —a riesgo de ser inconexa e incoherente— hacia mi centro.

Foto: Yuris Nórido