Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas de la malamuerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas de la malamuerte. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de noviembre de 2015

La ingenua vida de una loca con ojos de cristal


Mónica Gisela nunca sabrá que es loca, ni estéril, ni huérfana. Cada día ella lee los periódicos al revés, se reconoce en las fotos de revistas donde no está y habla con su madre muerta mientras se reclina en un taburete devorado por los comejenes.

Su propia casa va siendo reducida poco a poco por las termitas implacables. Su ojo de cristal va haciéndose más grande mientras el resto de su cuerpo se vuelve más pequeño. Sus sillones pierden los balances mientras ella busca leña para mantener el fogón.

Mónica Gisela no sabe cuándo es hoy, o mañana, o antes, o después. Ni sabe que la muerte es por ahora el único final seguro.

Pero ella, por lo menos, conserva el pasado, o el recuerdo del pasado. Cuando era niña los maestros la enviaron de vuelta a su casa porque —tan irascible como era— golpeaba a sus compañeros de aula. Cuando era adolescente perdió el ojo izquierdo en medio de una batahola con su abuelo. El abuelo, con las garras, la dejó tuerta. Cuando era joven sus padres pidieron a los médicos que la hicieran estéril, para que no pudiera procrear otra criatura desquiciada. Para que no conociera el placer.

Mónica Gisela llegó a Guaracabuya después de la muerte de su padre. Los tranquilizantes diarios habían quitado la razón a su madre, que pronunciaba palabras sin voluntad por los rincones de la casa. El día que Angelina iba a morir miró a su hija toda la mañana, lloró incesantemente, y se durmió sin más aspavientos.

En el campo, la joven demente había aprendido a cocinar y a cuidar el ganado. Le habían dicho que tenía que madrugar para ocuparse de las gallinas y de las vacas y de los agricultores. Y todavía sigue madrugando en Guaracabuya, aun cuando lo perdió todo.

El cambio de vida y el trastorno del paisaje han alterado su sentido del tiempo. Ella —desentendida de los relojes— se levanta, almuerza, come, duerme… según avanza el sol sobre su cabeza. Pero esa misma percepción ha sido alterada: Mónica Gisela puede dormir a las cuatro de la tarde y levantarse a los once de la noche, pensando, diciendo, refutando, que ya es mañana.

De madrugada —cuando ella cree que es madrugada— enciende el fogón de leña, hierve la leche, cuela el café, desayuna, desprende a las gallinas ajenas de los palos, y cumple su meticuloso ritual. Toma el ojo en sus manos, se queda tuerta sin guardar las apariencias y lava la pequeña pieza. Después, hace como si recobrara la visión.

Un día Mónica Gisela perdió, por segunda vez, el ojo. Aunque todos fuimos a ayudarle en su búsqueda, no fue hasta una semana después que la pequeña bola de cristal apareció en una grieta del piso, debajo de la cama. Enseguida lo tomó y lo puso en la oquedad de su cara, completando otra vez su anatomía lisiada.

Mónica Gisela aprendió hace muchos años que las mujeres se maquillan. Y ella, tan loca como es, se pone creyón fuera de los labios. Una fuerza incontenible la compulsa a dibujar una boca, una sonrisa, más voluptuosa que la suya propia. Mónica Gisela, cuando se pinta, concibe para sí misma unos labios que no le pertenecen. O sí.

Esta loca rural sueña con estar en Palmas y Cañas, el programa campesino que ha visto toda su vida. Ella misma se reconoce en las mujeres que no son ella, y cree que traspasa la pantalla. Ella misma es incapaz de reconocerse. En el colmo de la locura se cree otra mujer.

Esta loca, loca de nacimiento, desea volver al campo a pastorear animales que murieron, a atender agricultores perdidos, a vivir en su casa que no existe.

Ella no sabe —y no sabrá— que nunca volvemos.


Mónica Gisela en su casa de Guaracabuya.


Nota: La  pintura inicial que acompaña este texto pertenece al norteamericano Henry Darger. Este  artista brut —tan perturbado como era— escribió e ilustró una novela de más de 15 mil páginas.

lunes, 23 de junio de 2014

Día de lluvia

Desde el balcón uno mira con nostalgia inconfesada el mar que bate la línea artificial de la costa. Esta mañana La Habana parece un fotograma de Memorias del subdesarrollo. Otra vez nos acude la sensación de que la realidad se parece a la ficción y no al revés. 

El mar de leva ha devuelto al Malecón las islas de basura que lanzamos a las aguas. Más adentro, la tempestad y la brisa marina han carcomido los edificios. El salitre diluido en el terral socava los ladrillos, desnudando las estructuras de las casas más antiguas. Centro Habana parece hostil. La suciedad, la peste, la pobreza… también diluyen mis deseos de vivir en La Habana. Dicen que las autoridades encargadas cierran los edificios con riesgo de derrumbe y buscan albergue a los inquilinos, pero, otra vez otras personas se alojan en los mismos cuartos precarios. Viven en medio de la posibilidad del derrumbe, de la muerte.

El tráfico incesante de los autos me hace recordar, por oposición, la tranquilidad del campo. Para alguien que abraza el sosiego de provincia San Lázaro y Galiano —principales arterias del bullicio y del movimiento mecánico— parecen caminos del infierno.

Poco a poco el Vedado se va levantando bajo la lluvia. En la calle 23, centro del habanerocentrismo, un vendedor de periódicos guarece sus diarios de la lluvia sin dejar de vocear: ¡Compre el periódico Granma! ¡Lea el chisme que le levantaron a Despaigne en la página 11…! Por un momento retornamos a La Habana del pasado: cuenta una profesora de Periodismo que antes de la Revolución los voceadores de diarios anunciaban acontecimientos falsos para vender más: ¡Entérese de lo que sucedió en Las Villas!... aunque en Las Villas no había sucedido nada. Al paso, todo va cobrando sentido. Los sucesos insignificantes del presente se atan a otros sucesos insignificantes del pasado, y juntos van tejiendo un entramado de situaciones que probablemente no recordaremos más.

A la altura de la Calle G, donde se reúnen las tribus urbanas, había cesado la llovizna. En un banco húmedo una mujer alzaba la Biblia y leía a su hijo —o a su joven amante— un versículo que condenaba la lujuria. El mismo lugar que ocupan los emos en la noche, sirve de día a un culto cristiano improvisado. Los espacios cambian de aspecto al turno de sus habitantes.

De vuelta al Malecón las olas encrespadas sobrepasan el muro y se lanzan contra la carretera, creando pequeños lagos de agua salada que los carros evitan. Mientras la vida acontece, y tienen lugar los sucesos intrascendentes que atan al presente con el pasado, y los sitios de la ciudad van tomando la naturaleza de las personas que los habitan, y los ladrillos de Centro Habana se van consumiendo con una lentitud secular, comienza a lloviznar nuevamente. Y la gente va guareciéndose como puede en la ciudad hostil. Desde el balcón nos creemos protegidos del mar, hasta que pensamos en el salitre.

lunes, 6 de enero de 2014

La Coronela


En la calle principal de Guaracabuya, frente a la piquera de carros añorados, yace en su antiguo asiento La Coronela. Y aunque su casa posee una de las más céntricas ubicaciones, el alcance de su horizonte incluye nada más a unos pocos viajeros del pueblo remoto, y acaso a algún desconocido que siempre aviva los sentidos de la vieja.

A veces, cuando la ven echada en su silla o revelada tras las cortinas de polvo que alzan las volantas, estos viajeros presienten que se trata de una encarnación de la antigua Sibila de Cumas, conocedora de todos los destinos, obligada a la senectud sin la esperanza de la muerte.

Parece que en otro tiempo Antonia Molina fue una mujer magnánima, y temible. Se cuenta que desafió a la autoridad para defender a los trabajadores mal pagados; que se enroló en labores masculinas y superó a los propios hombres; que multiplicó su prole con hijos propios y adoptivos; que fue adúltera sin grandes cargos de conciencia. Aunque ahora casi nadie la recuerda como fue, las noticias de su carácter indomable han dado pie a todas las comparaciones humanas.

Cuando La Coronela, matriarca al fin, necesitaba conseguir el sustento para sus hijos emprendió los trabajos más inesperados. Primero se hizo tractorista de la zafra, después fundó una brigada de poceros y se metió ella misma en las entrañas de las tierras áridas a buscar los manantiales. Dicen que iba y venía en su caballo sin que nadie se atreviera a ofenderla. Poco a poco la mujer fue configurando una figura atípica, casi increíble en aquellas tierras grises donde todo el mundo debe parecerse para ser correcto.

Un día el viejo Carratalá advirtió a dos recién llegados a Guaracabuya: «Aquí no se queden, que vive una Coronela.» El alias impronunciable iba a perdurar para siempre en la memoria, pero solo hoy, en medio de la vejez terrible, cuando dejaron de importar los nombres y valen más las cosas que fueron nombradas, se le puede llamar Coronela.
Tantos años después la mujer analfabeta, la antigua Coronela, la progenitora de una estirpe incontable, reúne latas de aluminio para venderlas a las tiendas de materia prima. Tantos años después, en su casa frente a la piquera, La Coronela marca colas para otros que harán el viaje. A orillas del camino, ella ha insinuado siempre la partida, sin emprenderla jamás.

La Coronela, la recoge latas, la marca colas, la eterna insinuadora del viaje, vive todavía en la calle central de Guaracabuya, escondida detrás de las cortinas insondables de polvo. A veces parece inmóvil. Le brillan los ojos, apenas habla. A la vista de los viajeros casuales sus miembros recobran una parte de la antigua lozanía, y quisieran echar andar más allá de los pueblos tristes.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Los sueños de la fortuna


Se corrió una vez por Guaracabuya la voz de que mi abuela tenía sueños premonitorios. La gente murmuraba que Marisel Moya conocía las claves de los azares posibles en los días por venir. Pero no era ella, sino Dios o la providencia astral quienes determinaban el objeto, el tiempo, y el beneficiario de la comunicación.

Por algún tiempo mi abuela fue la intermediaria de la fortuna. Cuando la familia sobrevivía al Período Especial ella desarrolló aquel don inescrutable, como una adaptación a la severidad de los tiempos. En cada sueño una voz divina la instruía: «Tu familia necesita dinero; aquí tienes el número de mañana; sácatelo y ayuda a tus parientes». Los avisos se repetían a menudo, y ella cumplía entonces las indicaciones del Más Allá. En contra de las leyes humanas se volvió frecuente de las casas de juego.

La suerte de la vieja vidente se hizo fama. Cabilla, el colchonero del pueblo, la interpeló un día: 

—Marisel, a mí me dijeron que usted sabe el número que va a salir todos los días… Vengo a pedirle que me venda sus sueños. Le prometo que nada de lo que yo haga la afectará; voy a ir hasta Cabaiguán a jugarme el número de la suerte, lejos de aquí.

—¿¡Cómo le voy a vender mis sueños?! ¡Los sueños son una cosa íntima! —espetó mi abuela.

Hace años Marisel Moya perdió el don de soñar con los números de la bolita. No sabe cómo ni por qué, como tampoco supo nunca el origen de su buenaventura. En los tiempos que corren añora, en vano, la vuelta de la fortuna.

Ni Cabilla, el colchonero, ni nadie más en Guaracabuya han pretendido comprar sus sueños otra vez.   

miércoles, 9 de octubre de 2013

Telegrama a Guaracabuya

En el siglo XXI casi nadie se comunica por telegramas. Hace años que la gente abandonó el estilo telegráfico, y el romanticismo de las cartas, y el olor a tinta, y el papel. Esta es la época de los mensajes de texto (SMS), tan contraídos y escasos. A mí, las peculiares condiciones de la fatalidad me obligan a telegrafiar a mi madre a menudo. A mis amigos les provoca gracia. Alguien me preguntó: ¿Todavía existen los telegramas?
Aunque ninguna dimensión física considerable se interpone, entre Guaracabuya y Santa Clara —entre mi madre y yo— se abre un espacio inabarcable. Entre la ciudad y la aldea remota se levantan muros indescifrables que separan a dos mundos maniqueos: el progreso y al atraso, la comunicación y la incomunicación, el SMS y el telegrama. 
En Guaracabuya más de 2000 habitantes disponen de 16 teléfonos, estatales y residenciales. La red telefónica no está digitalizada; ni siquiera se puede acceder a los servicios básicos de Etecsa. El correo electrónico no existe. Internet es un quimera imposible que muy pocos conocen vagamente, como en el recuerdo de un sueño que no ha sido.
En la aldea podrían funcionar las señales de humo; sin embargo, los celulares apenas captan las señales en el aire. Hace poco, una señora dispuesta a comunicarse con su hijo subía al techo de la piquera en medio de un espectáculo pueblerino. Solo allí el móvil alcanzaba la señal indispensable. 
Por mi parte, escribo telegramas que una agente postal entregará a mi familia. En cualquier punto de Cuba el mensaje manuscrito se introduce en el sistema de Correos, y se recupera luego en su destino, y se dicta por teléfono, y se escribe otra vez, con tinta, como al inicio. Así quedan fijados el día y la hora de mi llamada telefónica.
La oficina local de correos de Guaracabuya, que antaño disponía de una vieja máquina de escribir, ahora está desprovista de todas las tecnologías arcaicas o recientes. Envío un telegrama desde Sagua la Grande. Mamá, estoy bien. ¿Dónde queda Guaracabuya? –preguntó la funcionaria sagüera del Correo. Te llamo mañana… ¿Allí hay computadora? No. Entonces… ¿lo dictan por teléfono? Sí. Besos, Alejandro.
Gracias a la conexión digital el telegrama vuela el espacio hasta Placetas. Allí, la antípoda de la agente sagüera levanta el teléfono y marca a Guaracabuya. Espera, que anoto. Mamá estoy bien te llamo mañana... vesos Alejandro. ¿Es todo? Nada más.
La agente postal de Guaracabuya escribe en una hoja de libreta común. El telegrama llega hasta mi madre con la caligrafía de la mujer, con algunos errores ortográficos, sin signos de puntuación. En Sagua, me dijeron, los telegramas se entregan mecanografiados, dentro de un sobre que protege la privacidad del mensaje. En Guaracabuya parecen menos serios. En realidad, están más cerca del recado que de otra cosa.
¿Cuánta gente se comunica hoy por telegramas? Según mi papá, jefe de una agencia municipal de correos, cada día las personas acceden menos a ese servicio. Ni siquiera hay muchas cartas que repartir. En este año, por ejemplo, nadie más que yo ha enviado telegramas a Guaracabuya, una aldea donde todo resulta anacrónico.
En el siglo XIX, cuando el correo tenía mejores medios que hoy, el paisano Ysidoro Domínguez se quejaba, disgustadísimo, porque los periódicos llegaban con considerable atraso a los suscriptores de Guaracabuya. Más de un siglo después los diarios llegan sin apuro, no hay teléfonos públicos, y escribo telegramas a mi madre.

Telegrama de Ysidoro Domínguez


sábado, 3 de agosto de 2013

La mujer-pez

...me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma.
Testamento del pez, de Gastón Baquero

—Entra. Te he esperado todo el día, me dijo la mujer-pez. Mira, puse flores nuevas en la mesa.
Yo traspuse la puerta impresionado; la imagen de la mujer-pez renovaba mis recuerdos infantiles del miedo. No parece la misma de antes: tantos años le cambiaron la fisonomía irregular; o tal vez, nada más extraviaron mi memoria.
—Me acuerdo de ti. Cuando eras un niño yo iba a tu casa y te escondías. Has crecido mucho. Ahora yo estoy más vieja, más fea. ¿Todavía me tienes miedo?
—No, claro que no —casi tartamudee. ¿Cómo…? Te conozco desde que era un niño; me eres familiar…
—Haz memoria: yo asusté a todos los vendedores ambulantes que pasaban por esta calle; corrían pidiendo auxilio. Los niños lloraban de miedo (la verdad es que tú eras de los más valientes). Nadie quería visitar esta casa, ni los trabajadores de Salud Pública.
***
— ¿Ya no sales?
— No, ahora estoy ciega. Antes me ponía una peluca, me pintaba y me iba a los guateques. A la gente le gusta mi voz, le gustaba, por lo menos. De noche nadie me podía detallar la cara.
Las preguntas del cuestionario que le impuse la provocaron. Evocó el deseo, la posibilidad, cómo habría sido… cómo sería…
—Soy analfabeta, nunca tuve un maestro. Pero si hubiera estudiado hoy sería abogada. Dice mi mamá que yo tengo leyes, que nadie podría ganarme un juicio…
***
La mujer-pez nació hace 50 años en Guaracabuya. En su infancia, los niños la comparaban con las caricaturas horrendas de los libros de terror. Parecía, parece, un ser fantástico de existencia imposible, como si los genes del humano y del pez se hubieran entrecruzado de manera insólita, determinados por la voluntad astral. Le fueron concedidos el cuerpo, el sexo y la voz de la mujer; y los dientes y las escamas del pez.

La maledicencia culpó a su madre: dicen que la joven negra y criada, en un intento desesperado para detener el ascenso de su prole, bebió petróleo. Dicen que las curanderas le recomendaron las hierbas infalibles para el aborto. Y a pesar de todo, la hija-pez, la niña-pez, la mujer-pez, nació inevitable.

Otros más culpan a la sífilis. En su historial de servidumbre Consuelo Vila, la madre humana de la mujer-pez, también sació el deseo de sus patrones y contrajo la enfermedad que la consumió por varios años.

La niña-pez, la inconcebible, nació bajo la mirada de los curiosos y los repugnados. La niña pez jamás entró a las aulas. La niña-pez no aprendió a leer ni a escribir. Ningún maestro ambulante le enseñó. La niña-pez creció alejada de los niños-humanos, sin juegos, sin amigos. La niña-pez provocaba pesadillas. 

La mujer-pez no conoce las certezas de su propia vida. ¿Qué designios le negaron las aguas? ¿Qué fatalidad la condenó a la tierra? Acaso los seres indefinidos nunca se realizan. Las criaturas inciertas son apartadas de todos los grupos: como los emigrantes de la tierra, que ya no pertenecen a ninguna parte, los seres indeterminados están en el camino a medias de su naturaleza.

Un día, la mujer-pez morirá sin haber sido amada jamás. Ella se enamoró de los hombres que la rechazaron. A menudo se maquilló para nadie. Siempre provocó el miedo, la pena, el asco. De ella, cuando más, se dirá: nació, vivió, murió. Después no tendremos recuerdos.

Sabemos que llegó a la tierra por equivocación. En su casa olvidada de Guaracabuya vive desligada de los hombres, huérfana a los 50 años, con tres hermanos locos, con vientre infértil, con sueños no cumplidos. La mujer-pez merecía el agua que le fue negada, el paraíso acuoso que desconocemos los humanos sin otra posibilidad que la tierra.
***
Milagros Guerra Vila padece ictiosis, una enfermedad genética que provoca que la piel se vuelva seca y escamosa, como la de un pez. Precisamente, el nombre del padecimiento proviene de la palabra griega ichthy, que significa pez.

La conversación que inicia este post la sostuvimos durante el Censo de Población y Viviendas 2012, cuando llegué a su casa como supervisor encargado de censarla. En ese momento vivía con su madre, que falleció poco después. Ahora la rodean varios hermanos desequilibrados y alcohólicos. Milagrito ha envejecido al interior de cuatro paredes. No sale de día, porque el sol agudiza los síntomas de la ictiosis; ni de noche, porque está ciega.  


Imagen: Mujer con pez, de René Rodríguez Soriano.

viernes, 10 de mayo de 2013

La trágica y maravillosa historia del Cacaseno


Alguna vez, al borde del agotamiento, mi mamá nos amenazó con perderse para siempre en el camino sin rumbo, imitando el viaje misterioso de Margarita Domínguez 84 años atrás. Casi todos en Guaracabuya han fantaseado alguna vez con la idea de anularse del mundo conocido, de marchar calladamente hasta desaparecer. En el imaginario colectivo del pueblecito la partida misteriosa de la madre de Cacaseno simboliza el hastío, la desesperanza, la imposibilidad de continuar la misma vida todos los días. 

Margarita Domínguez había nacido en San Juan de los Remedios, pero las circunstancias de la fatalidad le reservaban a Guaracabuya para los últimos días conocidos de su existencia. Su marido, enfrentado a la autoridad, cercenó con el mismo machete de la caña la cabeza de un guardia, y a cambio le pegaron un tiro mortal en el pecho. Cacaseno, el hijo por venir, nunca conocería a su padre. 

Con 16 años, un niño en el regazo y embarazada por segunda vez Margarita llegó y se instaló en la aldea remota. Nadie sabe por qué un día abrió la puerta de su casa, apenas se despidió de su pequeño hijo, subió el camino polvoriento y se perdió para siempre. 

Cacaseno no recuerda. Nunca conoció a su padre. No tiene memoria de su madre. Su hermana desapareció en los brazos de la mujer aciaga, en el camino desprovisto. Su abuela, sin más opciones, lo entregó a una familia vecina que lo acogió con la promesa de instruirlo como carnicero. Desde sus cuatro años Cacaseno estaba previsto para ser el carnicero del pueblo. Todavía su imagen inveterada bajo la ceiba, colgando las carnes a los ojos de los compradores, merodea el recuerdo de los más viejos. 

Poco a poco él devino el negro por antonomasia de Guaracabuya. (En los pueblos miserables casi todo se nombra por antonomasia: el negro, el feo, el loco, la bella…) Sin ninguna familia en el mundo se decidió a formar una propia. Casó con Vitalia Guerra, Gore, y engendró una prole numerosa de negrones fornidos. 

Quizás no le bastó. Quiso saber qué fue de su madre, qué motivo la llevó al camino sin retorno. Emprendió la búsqueda y el pueblo dolido por su suerte le siguió los pasos. Un entramado de mensajeros le hacía llegar las noticias: una negra parecida a su madre había sido vista en Cabaiguán, La Habana, Oriente… Entonces Cacaseno iba, casi esperanzado. Las únicas señas de la mujer las sabía por la gente más vieja. Terrible pero cierto: a su propia madre la conocería por la descripción de los demás. 

Llegó dos veces a Mazorra, el hospital psiquiátrico más famoso de Cuba. Desde la distancia esperó que la fila de los locos marchara adelante y atrás; los miró detalladamente, los hurgó con los ojos, quizás invocó al Cielo, a Dios, a los santos yorubas, pero ninguna era su madre. Margarita Domínguez ya no existía porque decidió perderse y se borró de la memoria. Lo único en este mundo que la evidencia es el propio Cacaseno, el hijo huérfano e inerme, pertinaz cuestionador de los misterios de la vida.

Foto tomada de Facebook.
En Guaracabuya nadie sabe exactamente por qué le dicen Cacaseno. Él mismo duda, piensa, se aventura a buscar una explicación para ese sobrenombre que le antecede. Dice que llegó con cuatro años al pueblo y Arístal Cabrera lo bautizó con el apodo sin sentido. No sabe que su alias tiene una historia, que él mismo encarna —sin profunda relación— un personaje literario del siglo XVII. Cacaseno es el protagonista y el título de un cuento italiano de Adriano Banchieri. ¿Acaso podrá ser el mismo? ¿Conocerían en el pueblo aislado esa historia? Sí, los viejos me cuentan que en Guaracabuya vendían por un medio el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, tres cuentos en uno, publicados por la editorial española Callejas. Pero los rasgos de uno no coinciden con el otro: Cacaseno, el literario, encarnaba al pícaro y timador. El nombre propio pasó al diccionario como sustantivo común y ahora significa «hombre innoble». Al contrario el Cacaseno de Guaracabuya es negro bonachón, que carga honradamente su morral al hombro. Arístal Cabrera lo bautizó, más bien, por un capricho. 

Con 88 años Luis Domínguez, hijo póstumo, intenta figurar todavía a su madre, porque sabe que el recuerdo imaginado, más que la memoria que no existe, lo ata únicamente al pasado. Hace mucho dejó de buscarla porque perdió las esperanzas; nadie que viva hoy conoció a su madre. Cacaseno ha existido tanto que ahora habita en un solo tiempo: todavía es el carnicero de Guaracabuya, aún supone que todos los días su madre retoma el camino y se pierde del mundo.

Cacaseno, hijo viajero, recorre a diario los pueblos vecinos en busca del sustento vital. Mientras tanto, en Guaracabuya la gente quiere ascender, a veces, el camino polvoriento y perderse para siempre, como su madre.

Con Armando el Feo, otro personaje de Guaracabuya. Foto tomada de Facebook.

lunes, 18 de marzo de 2013

El fin de la historia




Descreo de la tesis del fin de la historia sostenida por Francis Fukuyama. Aunque ciertamente cayó el fascismo y fracasaron los ideales comunistas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), aún concedo esperanzas al progreso y a las ideologías alternativas.

Yo asisto al fin de otra historia que poco —o nada— tiene que ver con la posmodernidad ni con los sucesos mundiales. Esta historia resulta más íntima, acaso mínima.

Tengo la sensación de que Guaracabuya va a desaparecer. No a la manera del Macondo garciamarquiano, que llegó a su fin predicho desvaneciéndose en los vientos huracanados de un cataclismo histórico. Guaracabuya es menos pretensiosa: va a borrarse en el polvo. (Una nube de polvo va engulléndola, confundiendo las casas y las cosas).

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? La gente quiere irse tras la esperanza del progreso, en busca de la vida menos precaria. Los viejos van muriendo, los niños dejan de nacer.

Guaracabuya nunca fue próspero, pero vivió mejor. Las minas de oro, comparadas por un ingeniero ¿lúcido? con las de California, en los Estados Unidos, y con Minas Gerais, en Brasil, nunca produjeron el metal en la demasía prevista. Hoy mismo los mineros extraen de galeras profundas, alargadas, la piedra que debe hacerse oro. Pero el pueblo sigue igual, en una precariedad casi miserable. Guaracabuya no es El Dorado.

Las cafeterías, las gasolineras, las quincallas, los bares de antaño desaparecieron. La escuela pública, posiblemente el edificio más notable, fue barrida hace medio siglo para construir una mejor. (Más fuerte, no más bella). La misma iglesia, feúcha, pero neoclásica, antigua, de piedra, acabó en la ira radical de las mandarrias.

Exactamente cuando yo nacía, la Autopista Nacional iba a traer cierto privilegio al pueblecito. Pero no la acercaron lo suficiente, y los carros siguen su camino sin conocer, ni siquiera por una señal, la proximidad del ecuador cubano.

La calle principal se asfaltaría, porque cuentan que en diciembre de 1958 el Che la transitó para llegar hasta Falcón, derribar el puente sobre la Carretera Central e incomunicar a Santa Clara. Pero en la espera el antiguo asfalto se unió a la piedra original, y la piedra al polvo.

Los carros eluden Guaracabuya; prefieren la vía más larga a la imposible. Un motor encendido es poco menos que un suceso. En mi calle ya no molesta el ruido de las máquinas.

Antes la noche se interrumpía por el pitazo de los trenes. Las movilizaciones de la caña encendían el ánimo pueblerino. Pero ya no pitan más los trenes, y en el ferrocarril campean las bestias. Hoy nadie espera el gascar.

A veces, en la tarde, debería correr la brisa fresca de la sabana. Pero la polvareda obliga a cerrar las puertas, a recluirse en la penumbra de los interiores.

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? Se borran en la pesadumbre metálica del mediodía, se pierden, desaparecen. Como en las aldeas fantasmas, nada será mejor, porque nada volverá a ser.