lunes, 18 de marzo de 2013

El fin de la historia




Descreo de la tesis del fin de la historia sostenida por Francis Fukuyama. Aunque ciertamente cayó el fascismo y fracasaron los ideales comunistas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), aún concedo esperanzas al progreso y a las ideologías alternativas.

Yo asisto al fin de otra historia que poco —o nada— tiene que ver con la posmodernidad ni con los sucesos mundiales. Esta historia resulta más íntima, acaso mínima.

Tengo la sensación de que Guaracabuya va a desaparecer. No a la manera del Macondo garciamarquiano, que llegó a su fin predicho desvaneciéndose en los vientos huracanados de un cataclismo histórico. Guaracabuya es menos pretensiosa: va a borrarse en el polvo. (Una nube de polvo va engulléndola, confundiendo las casas y las cosas).

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? La gente quiere irse tras la esperanza del progreso, en busca de la vida menos precaria. Los viejos van muriendo, los niños dejan de nacer.

Guaracabuya nunca fue próspero, pero vivió mejor. Las minas de oro, comparadas por un ingeniero ¿lúcido? con las de California, en los Estados Unidos, y con Minas Gerais, en Brasil, nunca produjeron el metal en la demasía prevista. Hoy mismo los mineros extraen de galeras profundas, alargadas, la piedra que debe hacerse oro. Pero el pueblo sigue igual, en una precariedad casi miserable. Guaracabuya no es El Dorado.

Las cafeterías, las gasolineras, las quincallas, los bares de antaño desaparecieron. La escuela pública, posiblemente el edificio más notable, fue barrida hace medio siglo para construir una mejor. (Más fuerte, no más bella). La misma iglesia, feúcha, pero neoclásica, antigua, de piedra, acabó en la ira radical de las mandarrias.

Exactamente cuando yo nacía, la Autopista Nacional iba a traer cierto privilegio al pueblecito. Pero no la acercaron lo suficiente, y los carros siguen su camino sin conocer, ni siquiera por una señal, la proximidad del ecuador cubano.

La calle principal se asfaltaría, porque cuentan que en diciembre de 1958 el Che la transitó para llegar hasta Falcón, derribar el puente sobre la Carretera Central e incomunicar a Santa Clara. Pero en la espera el antiguo asfalto se unió a la piedra original, y la piedra al polvo.

Los carros eluden Guaracabuya; prefieren la vía más larga a la imposible. Un motor encendido es poco menos que un suceso. En mi calle ya no molesta el ruido de las máquinas.

Antes la noche se interrumpía por el pitazo de los trenes. Las movilizaciones de la caña encendían el ánimo pueblerino. Pero ya no pitan más los trenes, y en el ferrocarril campean las bestias. Hoy nadie espera el gascar.

A veces, en la tarde, debería correr la brisa fresca de la sabana. Pero la polvareda obliga a cerrar las puertas, a recluirse en la penumbra de los interiores.

¿Qué sucede con los pueblos condenados al olvido? Se borran en la pesadumbre metálica del mediodía, se pierden, desaparecen. Como en las aldeas fantasmas, nada será mejor, porque nada volverá a ser.

8 comentarios:

  1. ¿Si alguien escribe algo como esto sobre Guaracabuya la inmortaliza? Yo creo que sí.

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    1. Gracias, Raúl. Solo intenté recrear la atmósfera real de Guaracabuya. Me alegra mucho que te guste.

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  2. Los protagonistas de La insoportable levedad del ser se van a vivir a un pueblo parecido a esta Guaracabuya que describes. Si quieres, nos vamos con ellos.

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    1. Solo cuando seamos viejos, para estar a tono con la decadencia del pueblo. Un abrazo...

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  3. Este ensayo, brillantemente escrito sobre triste realidad de Guaracabuya en particular y la de otros pueblos pequeños -como Sierra Morena- en general, duele mucho a quienes nos importa el futuro del lugar donde nacimos. Sierra Morena también tuvo un pasado mejor que su presente. Allí el gran pintor Leopoldo Romañach nació y vivió sus primeros 5 años y desde allí su padre lo envió, incluso, a Estados Unidos, a estudiar. Había comercio, un embarcadero donde llegaban mercancías de toda Cuba y de Cayo Hueso, tiendas, bares, clubes, dulcería, cafetería, gasolinera (hoy cerrada),motel e incluso inmigrantes españoles y chinos. Al entrar hoy a Sierra Morena se tiene la impresión que cruzamos el umbral del infierno de Dante en cuya puerta se leía, "Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza". ¡Qué penoso!

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    1. Jesús Raydel, cuando publiqué «El fin de la historia» me llamaron pesimista, y reconocí que lo era. Pero alego que no dije una sola mentira, Guaracabuya, posiblemente, como tantos pueblos está llegando al fin de su historia. Si el siglo XIX fue la época de las esperanzas, de los sueños del progreso... en el XX la gente se volvió más racional, más pragmática. Los pueblos que no desarrollaron su economía quedaron aletargados en el imaginario de sus habitantes y en la realidad.
      Ya me refieres las circunstancias actuales de Sierra Morena. Creo que en toda Cuba hay demasiados pueblos que solo pueden ser mejores en el recuerdo.
      Es una pena, pero no podía escribir sobre Guaracabuya de otra manera. Algún día tendré que ir a Sierra Morena. Gracias por leerme y escribir. Un abrazo...

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    2. Serás bienvenido cuando gustes. Te dejaré saber cuando esté por aquellos lares. El verano es un buen tiempo para ir y disfrutar de las playas cercanas. Un abrazo.

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  4. Raúl Ferrer escribió un hermoso poema donde menciona este pueblo y su sobrino Pedro Luis Ferrer lo recita con frecuencia en sus presentaciones.

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